jueves, 24 de marzo de 2011

HACE TREINTA Y CINCO AÑOS, ÁLVARO ALSOGARAY FRACASABA EN SU INTENTO DE IMPEDIR EL GOLPE

Un solo político se opuso tenazmente al golpe del 24 de marzo de 1976. Ese político fue el ingeniero Álvaro C. Alsogaray quien en un comunicado público que lleva la fecha 18 de marzo expresó:

"Nada sería más contrario a los intereses del país que precipitar en estos momentos un golpe. Las fuerzas armadas supieron retirarse en mayo de 1973 de la escena política y no deberán volver a ella sino cuando esté realmente en peligro la supervivencia misma de la libertad. Constituyen la última reserva y no deben ser arriesgadas bajo estas condiciones. Entregaron el poder a los líderes políticos, incluyendo entre estos a los dirigentes sindicales y empresarios que actúan en función política, y fueron esos líderes quienes crearon el caos actual. Por lo tanto, son los únicos responsables, los verdaderos y exclusivos culpables de esta gran frustración argentina, y a ellos incumbe enfrentar las consecuencias y resolver, si pueden, el drama en que han sumido al país"

Fue la única voz que se oyó en medio de la impaciencia ciudadana para que el general Videla (que inicialmente se mostraba vacilante) tomara por fin la decisión de encabezar la rebelión militar. El líder de la oposición, Ricardo Balbín, desconcertado, había dicho por televisión que él no tenía soluciones. La gente hablaba en la calle y decía que había que sacar de una vez del poder a esa "pandilla de delincuentes", los diarios no opinaban, sólo informaban cautamente. Sólo La Tarde, creado por Jacobo Timmerman y dirigido por su hijo Héctor, fogoneaba la intervención de las Fuerzas Armadas.

Hasta el Partido Comunista, unos días después del 24 de marzo, emitió un comunicado de apoyo a las nuevas autoridades de la Nación, expresando sus deseos de que pusieran orden, terminaran con el terrorismo y ordenaran las cuentas públicas.

Alsogaray fue el único. Lo intentó por todos los medios, pero fracasó. Él tenía razón, tenían que funcionar las instituciones: "¿Por qué un golpe de Estado habría de liberar a los dirigentes políticos de su culpabilidad?", se preguntaba Alsogaray en su solitario pronunciamiento. "¿Por qué transformarlos en mártires incomprendidos de la democracia precisamente en momentos en que se verán obligados a proclamar su fracaso?"
Una de las ediciones de Clarín del 21 de marzo de 1976

Y afirmaba su convicción con estas irrebatibles palabras: "Dentro de tres meses el país entero estará clamando que se vayan, pero no como perseguidos sino como culpables. No necesitamos un golpe de estado".

La tesis de Alsogaray era institucional y de gran sentido común: no había que dejarse arrastrar por el clamor civil que presionaba sobre las fuerzas armadas. Éstas debían permanecer unidas, bien cohesionadas y prescindentes mientras se desarrollaban los acontecimientos. Las instituciones de la República debían funcionar de acuerdo con las leyes. Había muchas opciones disponibles, incluyendo el traspaso del poder a la Corte Suprema. Y en última instancia, cuando los acontecimientos se hicieran incontrolables, allí estarían las Fuerzas Armadas, listas, preparadas para impedir el asalto al poder de grupos insurgentes o salir a restablecer el orden a requerimiento siempre de las autoridades legalmente constituidas.

En su libro Experiencias de cincuenta años..., Alsogaray cuenta lo ocurrido en esa época, y según su opinión no había posibilidad de desplazar a la presidente por la vía del juicio político. Asegura que lo único que podía esperarse era una descomposición total del sistema que provocara una reacción del pueblo argentino en las elecciones que debían convocarse para diciembre de 1976.  Faltaba muy poco para que el pueblo eligiera un nuevo gobierno. Alsogaray, a quien tan injustamente se ha querido involucrar en ese golpe, creía en la salida democrática. Había que votar, y que el pueblo pusiera las cosas en su lugar, harto de tanta demagogia, corrupción, desorden e impericia.

"Mi advertencia no tuvo ningún efecto", reconoce con tristeza el ingeniero. "El movimiento estaba ya lanzado y, como siempre ocurre en estos caso, era practicamente imposible detenerlo. Por otra parte, el entusiasmo por el golpe de Estado en niveles elevados de la comunidad era un factor estimulante para la realización del mismo".

Si alguien podía hacer algo en ese momento para disuadir a los militares de lanzarse a esa peligrosa aventura, ese alguien era Alsogaray, figura altamente respetada por los sectores castrenses. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, el golpe se hizo, es decir, Alsogaray no pudo concretar uno de sus objetivos más nobles, democráticos y lúcidos de su carrera política de medio siglo.

Hoy, 24 de marzo de 2011, a treinta y cinco años de aquellos sucesos, tenemos un feriado nacional. No sé qué festejamos. Yo prefiero recordar esa fecha como el día en que Alsogaray fracasó en su intento por rescatar las instituciones y la democracia. ¡Qué lástima que no lo escucharon, ingeniero!

Enrique Arenz

(Se permite su reproducción citando este blog) 


Otros artículos sobre Alsogaray (cliquear en los títulos)

martes, 8 de marzo de 2011

EL CASO DEL PADRE ALESSIO. ¿PODEMOS LOS CATÓLICOS EXPRESAR NUESTRAS IDEAS?


Por Enrique Arenz

El presbítero Nicolás Alessio, un cura tercermundista que el año pasado apoyó con sus opiniones la sanción de la ley de matrimonio igualitario, fue echado de la Iglesia luego de un juicio canónico llamativamente expeditivo.

Los fundamentos amañados de la decisión dicen que el sacerdote opinó de manera divergente sobre la doctrina de la Iglesia en materia de homosexualidad. En realidad el sacerdote sólo opinó sobre una ley civil que en nada afecta a la Iglesia ni a nadie obliga. Opinó como lo hicimos tantos argentinos, unos a favor y otros en contra.

No consta, por lo tanto, que el padre Alessio haya desobedecido la doctrina de la Iglesia, ni surge claramente que este sacerdote de 53 años haya actuado incorrectamente. Solamente se pronunció a favor del matrimonio civil gay y dijo que a su juicio la homosexualidad no es una desviación moral ni una enfermedad. Expresó un simple punto de vista como puede hacerlo cualquier ciudadano libre en un país democrático con relación a un problema humano que no es ni comprendido ni afrontado con honradez intelectual por la Iglesia católica.

Ahora bien, el padre Alessio puede estar equivocado. ¿Pero acaso su condición de sacerdote lo obliga a ocultar su pensamiento, a callarlo, a proceder como un hipócrita?
Habló de una materia opinable, que no roza la doctrina. Pero aunque esto no fuera así, aunque por extensión hubiera existido un cuestionamiento o interpretación heterodoxa de los Evangelios y de la doctrina de la Iglesia, ¿por qué los católicos, sacerdotes o no, debemos reprimir nuestras ansias de conocimiento y nuestra vocación por el debate sincero y respetuoso dentro de nuestra comunidad?


Yo también tengo opiniones divergentes

Soy católico, y no por simple elección. Lo aclaro porque varias veces han intentado negarme esa pertenencia. Desciendo de varias generaciones de creyentes, en mi familia hay un sacerdote salesiano y hubo una monja de clausura, ya fallecida. La Iglesia está en mis genes, en mi mente y en mi cultura. Es mi Iglesia, tan mía como del padre Alessio y del mismísimo Bergoglio. ¿O acaso no somos una comunidad? Veamos el diccionario: “Comunidad, cualidad de común, que, no siendo privativa de ninguno, pertenece o se extiende a varios”.

Y como integrante de esa comunidad universal he ido mucho más lejos que el padre Alessio. Tengo mi mente abierta en la interpretación de los Evangelios y he meditado la doctrina con espíritu fuertemente crítico, porque Dios me hizo ante todo un hombre libre y pensante, y si bien soy consciente del uso responsable que debo hacer de esos atributos, me siento poseedor de la plena potestad para opinar, expresar mis pensamientos y meterme respetuosamente en los oscuros y fascinantes laberintos de dos mil años de magisterio.

Y para demostrar comparativamente lo intrascendentes que han sido los “pecados” atribuidos injustamente al padre Alessio, voy a enumerar algunas de mis propias opiniones sobre la doctrina, la tradición y las enseñanzas de la Iglesia. No porque sea importante lo que yo opino, sino para poner en negro sobre blanco algo sobre lo que no se quiere hablar dentro de la Iglesia: que se trata de opiniones compartidas por millones y millones de católicos de todo el mundo:

Control de la natalidad: Creo que es lícito el control de la natalidad por medios no abortivos. La Iglesia aceptó, después de siglos de controversias, que pueden utilizarse los ciclos de fertilidad femenina para evitar los embarazos. Muy bien, entonces razonemos: ¿qué diferencia hay entre dejar a mis espermatozoides perecer sin salida en el interior de mi organismo y dejarlos encerrados en el fondo de un profiláctico? ¡Cuál es la diferencia! Por Dios, quiero que alguien me lo explique y me convenza de que estoy en un error. Entre tanto no me demuestren lo contrario, creo, racionalmente, lúcidamente, que no ofendo a Dios si hago una responsable planificación de mi familia sin privarme del sexo.

Sexualidad: Creo que la sexualidad humana es una de los regalos más maravillosos que recibimos del Creador. ¡Qué agradecidos debemos estar todos, mujeres y hombres, por ese milagro de los sentidos tan extremadamente movilizador, excitante y placentero! Es verdad que el sexo tiene por finalidad principal la procreación: es como la zanahoria que hace trabajar al burro. Pero caeríamos en una simplicidad excesiva, en una ofensa a la inteligencia si creyéramos que una pulsión tan poderosa, tan irresistible, tan gratificante física, espiritual y sicológicamente tiene por única finalidad la preservación de la especie. Usando un poco el sentido del humor, podríamos hasta sospechar que el sexo fue creado para divertirnos, y de paso para procrear. ¿Alguien de entre mis lectores se ha escandalizado por esta humorada? Les aseguro que hasta Jesús debe de haber sonreído.

Ahora bien, ¿por qué la Iglesia y otras religiones se empeñan en decir que el sexo fuera del matrimonio es un grave pecado, un pecado mortal? ¿Dónde está el pecado? ¿Cuál es el daño que hacemos a los demás cuando disfrutamos de un momento de sexualidad intenso con otra persona que nos atrae y con la que no pensamos, no queremos o no nos conviene casarnos? ¿Por qué la Iglesia transformó el Mandamiento que dice “No cometerás adulterio” (absolutamente incuestionable) en otro mentiroso que ordena “¡No fornicarás!” (Recuerdo que de chico preguntábamos a la catequista qué era fornicar, y la catequista se ruborizaba y cambiaba rápidamente de tema). El origen de esta prohibición habría que buscarlo en San Agustín. Pero da la casualidad de que el mismo San Agustín nos habló de las cosas opinables de las que podíamos hablar y discutir libremente dentro de la Iglesia. ¿Y acaso el sexo no es uno de esos temas opinables por excelencia? Yo,  al igual que millones y millones de católicos de todo el mundo, creo que el sexo puede practicarse responsablemente fuera del matrimonio sin que por ello se ofenda a Dios ni mucho menos se caiga en pecado mortal.

Sacramentos: Si uno lee detenidamente los cuatro evangelios canónicos observa que Jesús estableció solamente cuatro sacramentos: El bautismo, la Eucaristía, la Comunión y el Matrimonio. No instituyó ni la confesión, ni la unción de los enfermos ni la confirmación. Estos sacramentos han sido incorporados por la Iglesia en el devenir de los siglos. Con respecto a la Confesión  debamos considerar con honestidad intelectual la hipótesis de que cuando Jesús instruyó a sus discípulos para que fueran por el mundo y perdonaran los pecados, dio por sobreentendido que para producir el gesto de la absolución debía existir una confesión previa. Pero lo cierto es que a Jesús no lo vemos en ningún Evangelio escuchando los pecados de nadie. Yo estoy cada vez más convencido de que la confesión implica una violación de la intimidad, innecesaria para tomar la comunión que, junto con la Eucaristía, constituye el momento más sublime y conmovedor de la liturgia católica. Y lo creo innecesario porque, si uno se ha arrepentido sinceramente de sus pecados, ¿para qué necesita un intermediario entre él y Dios? Ahora bien, considerando que muchas personas buscan el alivio de aligerar sus conciencias en los oídos de un confesor como otras necesitan recostarse en el diván del psicoanalista, no niego la confesión como un importante ritual de nuestra Iglesia, pero no como sacramente sino como acto voluntario de contrición.  

Homosexualidad: Si bien el Antiguo Testamento anatematiza la homosexualidad en cientos de citas, Jesús jamás habló del asunto, nunca condenó esa práctica como sí condenó explícita y severamente la pedofilia. Pero no sólo no habló de la homosexualidad, tampoco se metió con la heterosexualidad. Al contrario, pareció hasta justificar el divorcio “por causa de fornicación” (Mateo 19 - 9), aunque, justo es recordarlo, no sabemos cuántas deformaciones habrá sufrido el texto sagrado en dos mil años de tergiversaciones involuntarias o intencionales y múltiples errores de traducción. El concepto de que la homosexualidad es una desviación moral es tan anacrónico, infundado y, sobre todo, tan cruelmente doloroso para los homosexuales creyentes, que la Iglesia debiera revisarlo cuanto antes. Por otra parte el matrimonio es una institución de la Iglesia. Aunque la ley controversial hable de “matrimonio igualitario”, no se trata sino del uso políticamente indebido de una palabra. El matrimonio siempre será para la Iglesia y para los católicos el sacramento de la unión entre dos personas de distinto sexo en el contexto de una ceremonia religiosa. La unión conyugal civil es otra cosa, es un mero contrato entre dos personas de igual o distinto sexo que no debiera requerir la intervención del Estado sino simplemente suscribirse en una escribanía.

Estas son algunas de mis opiniones sobre lo que entiendo es materia opinable y no doctrinal dentro de la Iglesia. ¿Merezco por pensar así una declaración de apostasía? No, mientras sean simples opiniones que no modifican mi conducta. Yo, que amo a mi Iglesia, lo considero un aporte al debate que las autoridades eclesiásticas deberían alentar en lugar de sofocar. Porque la Iglesia del siglo XXI necesita urgentes reformas. Es más, tengo derecho de exigir una discusión dentro de mi comunidad, no quiero el silencio y la obediencia. Sí el respeto y la prudencia, pero no la obediencia ciega.

Hay reformas impostergables que claman por su protagonismo. La estructura  de la Iglesia de nuestro tiempo está anquilosada y padece aun hoy el poder y las presiones de grupos integristas que conservan, aunque cueste creerlo, el mismo espíritu corporativo e intolerante del Concilio de Constanza, que llevó a la hoguera, en 1415,  al teólogo reformador Juan Hus, bajo el injusto cargo de herejía.

El gran mérito de Juan XXIII fue haber convocado en 1959 el Concilio Vaticano II que cambió muchas cosas dentro del asfixiante clima de intolerancia que predominaba en la Iglesia Católica de ese tiempo. Ha transcurrido más de medio siglo y el mundo ya no es ni la sombra de lo que era. Los cambios ahora son más acelerados, impulsados por la revolución de las comunicaciones. Si antes se organizaba un concilio cada varios siglos, ahora debiera hacerse cada veinte o treinta años.

Yo no estoy para nada seguro de lo que afirmé arriba. Tal vez deba retractarme en el futuro, pero no porque me obligue el Santo Oficio sino porque alguien me habrá demostrado mi error. Muchos de mis lectores católicos se habrán sentido molestos. No ha sido mi intención escandalizar a nadie. Solo reclamo, como católico, algo muy sencillo e inofensivo: que no le huyamos al debate, que podamos decir lo que pensamos, que no haya temas tabú dentro de nuestra comunidad. Que un cura pueda opinar como lo hizo el padre Alessio sin que le quiten las potestades eucarísticas y lo echen como a un perro de la Casa Parroquial. Y que millones de católicos no nos veamos empujados a elegir por una de estas falsas opciones: o ser unos grandísimos hipócritas, o renunciar a nuestra sexualidad, o alejarnos amargamente de nuestra madre Iglesia.

La misión de la Iglesia es luchar por un mundo mejor y más justo, buscar la paz y la concordia entre hermanos, predicar incansablemente contra la violencia, el crimen y las guerras, difundir la palabra de Jesús que perdonó a la adúltera y le dijo “ve, y no peques más”, pero que no se metió con las prostitutas, ni con los homosexuales ni con la vida íntima de nadie. El legado de Jesús para su Iglesia es  el amor por el prójimo, la comprensión, el “no juzgues para no ser juzgado”, la docencia para formar a los jóvenes como personas de bien, la solidaridad con los infortunados y la misericordia hacia los que sufren la enfermedad y la pobreza.

Pero la Iglesia tiene sobre todo un deber: preservar la llama de la fe, que se está apagando lentamente en el mundo cristiano porque mucha gente se siente excluida de una Iglesia que se encierra en sus prejuicios y se olvida a veces de la palabra sencilla de Jesús.

(Se permite su reproducción)

martes, 1 de marzo de 2011

VARGAS LLOSA Y NUESTROS INTELECTUALES



por Enrique Arenz

Cuando el año pasado le dieron a Mario Vargas Llosa el merecido Premio Nobel de Literatura, los intelectuales izquierdistas argentinos murmuraron y gruñeron un poco, pero lo hicieron por lo bajo, con prudente sordina, porque no se atrevieron a cuestionar los méritos literarios del autor de Conversaciones en La Catedral. A Vargas Llosa y a Borges sólo se los puede atacar por sus posiciones políticas, jamás por su literatura, porque eso los cubriría de ridículo.

Pero bastó que la Fundación El Libro tuviera la buena idea de invitar al peruano a la inauguración de la próxima Feria Internacional del Libro para que aflorara el rencor ideológico y estallaran las proclamas descalificatorias.

Juan Pable Feinman
“Me produjo una enorme indignación que Vargas Llosa venga a abrir la Feria después de lo que dijo de la Argentina”, declaró a La Nación el filósofo y escritor José Pablo Feinman. Pero Vargas Llosa jamás habló mal de la Argentina, criticó al gobierno argentino, que es una cosa muy distinta. ¡Y qué certero fue todo lo que dijo! “Esta es una verdad descomunal”, podría haber dicho con su lenguaje ampuloso el propio Feinman, si no hubiera sido un declarado cristinista.

Un grupo de intelectuales redactó una solicitada que tal vez podamos ver publicada muy próximamente, pero que por ahora anda buscando adhesiones por los ámbitos culturales de Buenos Aires. Entre los que ya firmaron figuran, según La Nación: Mario Goloboff, Vicente Battista, Liliana Heker y Horacio González. También participarían algunos actores, cantantes e intelectuales de Carta Abierta. En ese borrador consideran que la visita de Vargas Llosa “sería inoportuna y agraviante para la cultura nacional (sic), y para con las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo (¡sic!)”.

Horacio González
¡Nuestro pueblo! Habría que hacerles saber a estos patrones de la cultura nacional que hace décadas que nuestro pueblo tiene grandes dificultades para ampliar sus horizontes literarios porque casi toda la literatura que se publica, se premia y se reseña elogiosamente en los suplementos y revistas culturales de los principales diarios capitalinos (se salvan algunos del interior), es mediocre, ideologizada y aburrida. Igual que el cine subvencionado, el teatro mal llamado independiente y las artes plásticas, salvo notable excepciones.

Es que para existir y asomar la cabeza en el mundillo cultural argentino, para que los jurados de los concursos nominen una obra y para que los críticos se dignen a posar su vista sobre ella, el autor debe  ser de izquierda, progresista, comprometido socialmente y resentido contra “el sistema”. No se le ocurra a un artista ser liberal, o indiferente a las ideologías, o católico, o simplemente un demócrata que repudia las dictaduras y los populismos demagógicos, como es el caso de Vargas Llosa. Si uno es así será tildado de derechista y no podrá salir de su exilio cultural: directamente no existirá. Vargas Llosa, en la Argentina de hoy, no habría sido nadie.

Hace años que vengo denunciando el ideologismo de izquierda predominante en los cenáculos culturales de nuestro país, en donde sus miembros, al igual que en el Sindicato de escritores de la Unión Soviética en tiempos de Boris Pasternak, se han adueñado de todas las instituciones, foros y espacios culturales, inclusive   de­n­tro de empresas privadas, sociedades civiles o fundaciones que nada tienen que ver con esas ideologías anacrónicas.

Se trata de un ideologismo áspero por lo intolerante, autoritario, reclutador de voluntades, ninguneador y destructor de los artistas que piensan diferente. Aunque la izquierda haya fracasado militar, política y económicamente en todo el mundo, ellos han copado la cultura como una gigantesca ameba. Aquí más que en ninguna parte. No estoy exagerando, la cultura es de ellos, les pertenece a ellos.
Muchas de estas personas pueden ser honestas y bien intencionadas, algunas tal vez han desarrollado una adaptación de sobrevivencia, aun cuando no creen en las proclamas que les hacen firmar. Pero observemos su militancia revisionista de la historia cultural: condenan sin piedad a los artistas y científicos que en el pasado colaboraron o simpatizaron con los regímenes de extrema derecha, y al mismo tiempo dispensan buenamente a quienes respaldaron con su silencio, su justificación y hasta su ayuda, los crímenes de Stalin, Mao, Ho Chi Minh y Fidel Castro. Es lo que Edmund Amis denominó acertadamente "la asimetría de la indulgencia", una suerte de enfermedad espiritual que afecta a todos estos intelectuales.

Por ejemplo, el fallecido escritor Tomás Eloy Martínez, en uno de sus últimos artículos publicados en La Nación, fue impiadoso con el escritor alemán Hanns Heinz Ewers, a quien llamó impropiamente “el escritor de Hitler”, nada más que porque éste admiraba la ciencia ficción del notable autor de La mandrágora. Es sabido que Ewers se sintió inicialmente seducido por Hitler, pero por la sola vanidad, tan traicionera y cegadora en los artistas (y ese defecto lo podemos ver ahora mismo), de sentirse elogiado y admirado. Pero terminó cruelmente perseguido por el nazismo. Y su obra es valiosa y perdurable. También se ensañó Eloy Martínez, en el mismo artículo, con el compositor alemán Richard Strauss, por sus inclinaciones filonazis, y hasta se acordó rencorosamente de nuestro pobre y genial Leopoldo Lugones, que equivocadamente apoyó el golpe de 1930.

Pero se olvidó de mencionar, siquiera al pasar, a los célebres artistas e intelectuales que apoyaron a Stalin y toleraron y hasta justificaron sus crímenes, artistas como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Pablo Picasso, y hasta notables filósofos como Bertrand Russell y Jean Paul Sartre. Este último llegó al extremo de negar el gulag soviético.
Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez fue, en su país, Colombia, nada menos que un oficial de la organización argentina Montoneros (1). ¿Alguien lo ha cuestionado literariamente por esa siniestra complicidad, o porque cada tanto viaje a Cuba para dar talleres literarios gratuitos invitado por su amigo Fidel Castro? O el escritor portugués José Saramago, otro Premio Nobel, también amigo de Fidel, "comunista hormonal", como se describe orgullosamente a sí mismo. Por no hablar de los cientos de intelectuales que hoy admiran y apoyan al régimen cubano, o a dictadorzuelos neomarxistas, sostenedores de las FARC, como Chávez y Correa.

A quienes no somos de izquierda no se nos ocurriría rechazar la visita de ninguno de ellos, porque como artistas los respetamos y admiramos, aunque lamentemos sus ideologías vetustas y sus posiciones políticas.

En esta tesitura están prácticamente todos los intelectuales argentinos que han alcanzado alguna notoriedad pública. Notoriedad que en muchos casos no deben al mérito ni al talento ni al esfuerzo persistente sino a la militancia corporativa que los cobija y encumbra. Se alientan, se dan manija entre ellos, llevan un tren de vida que contradice en muchos casos sus ideas y se desesperan por lograr una tajadita del presupuesto oficial.

Estos intelectuales tienen todo el derecho del mundo de creer en sus ideas. Claro que tienen derecho. Decir lo contrario sería actuar como ellos. También tienen derecho de generar un arte social progresista y revolucionario. Pero, atención,  hay un límite moral que nadie puede trasponer sin perder el honor y la credibilidad:  Ese límite consiste en reconocer, con honestidad intelectual (y escribirlo y proclamarlo, clara y explícitamente), que todas las tiranías, persecuciones políticas, vejámenes y crímenes contra la humanidad son condenables, sean de derecha o sean de izquierda, sin excusas, sin peros, sin pretextos amañados. Y aceptar que los intelectuales y artistas que colaboraron alguna vez con esos regímenes merecerían, si se equivocaron en buena fe, igualitaria indulgencia, y si no, el mismo repudio de la historia. Porque no hay dictaduras malas y dictaduras buenas. Todas son abominables y repulsivas. Todas. Al menos ante la fina sensibilidad de un verdadero artista.

Karl Popper
Karl Popper, el enemigo intelectual número uno del comunismo, reconoció que en su juventud fue atrapado intelectual y moralmente por el marxismo, y que las terribles purgas y crímenes de Stalin eran, para los jóvenes idealistas de esos tiempos, justificables, una suerte de mal menor para alcanzar el soñado paraíso socialista, teniendo en cuenta que se trataba de cambiar al ser humano para lograr un futuro venturoso de felicidad y prosperidad sin explotación ni clases sociales.

Por fortuna, la mentalidad crítica de Popper lo desengañó y liberó en muy poco tiempo de esa trampa ideológica. Sin embargo, él mismo admite que tardó veinti­séis años en animarse a divulgar sus divergencias porque "no quería apoyar indirectamente al fascismo". ¡Ni siquiera una inteligencia tan vasta como la de Popper logró despojarse, durante veintiséis años, del prejuicio según el cual ser un severo crítico del marxismo implica ser funcional a la ultraderecha!

Yo reconozco con humildad que después de muchos intentos (aunque he leído, pensado y escrito mucho acerca del Síndrome izquierdoso), he fracasado en mi aspiración de entender cuál es el mecanismo mental que lleva a los intelectuales y artistas, dotados de inteligencia cognitiva, sensibilidad superior y sentimientos humanitarios, a repudiar una determinada categoría de tiranía criminal y aceptar y defender otra igualmente inhumana y destructiva. Y sobre todo: qué los lleva a ser tan intolerantes y despiadados con los que piensan, escriben o crean  inspirados en otras ideas y con diferentes conceptos estéticos.

Vargas Llosa es un demócrata liberal que ha luchado contra todas las tiranías y ha combatido todos los populismos de América. Jamás ha callado lo que piensa, y lo que dijo del gobierno argentino, les guste o no a nuestros intelectuales, a Carta abierta, a 6,7,8, a Página 12, a Fuerza Bruta y al relator futbolero devenido en periodista oficial, es, al fin y al cabo, “una verdad descomunal”.

Si Vargas Llosa viene a nuestra Feria Internacional del Libro nos habrá honrado con su distinguida visita. Se atenuará con su presencia el dolor de nuestro aislamiento internacional y nos permitirá admirar su personalidad imponente y escuchar sus cautivantes palabras.

Pero como sabemos que habrá escraches y movilizaciones como las que le hicieron, también en esa Feria, a la doctora Hilda Molina, yo le aconsejaría que reflexione, que no venga, que se quede cómodamente en Europa disfrutando de su merecida gloria en un mundo civilizado y tolerante.

1)   Revelado por el fiscal nacional de Casación Juan Martín Romero Victorica en el programa "Poder Vacante" de Jorge Asís en Crónica TV).

(Se permite su reproducción. Se ruega citar este blog y hacer un enlace)