domingo, 18 de agosto de 2013

Crítica al liberalismo dogmático puro

SIN IDEAS LIBERALES HUMANIZADAS LA ARGENTINA NO TIENE SALIDA

por Enrique Arenz


Creo haber leído lo esencial de todos los pensadores liberales traducidos al español. He meditado por mí mismo sobre el ideario liberal, lo he defendido y divulgado durante casi medio siglo y hasta escribí un par de libros y cientos de artículos periodísticos. 

Me tragué a todos aquellos eminentes autores, pero cuando ahora tengo dudas y los releo, les encuentro defectos, omisiones, razonamientos oscuros jamás aclarados y un esfuerzo conmovedor por demostrar lo indemostrable. Y encuentro una coincidencia notable en casi todos: ninguno habla de ese sentimiento que es la conmiseración por nuestros semejantes. Cualidad que hasta Schopenhauer, en medio de su honda desilusión por el género humano, descubre con asombro y desconcierto en las personas más sencillas. En cambio en los sabios liberales el amor y la ternura parecen recluidos al círculo de su familia, y de algunos amigos íntimos. Pareciera que la sociedad humana no tuviera nada que ver con nosotros, el prójimo no es mi hermano, el mundo no es una gran familia donde cada vida es lo más valioso, como nos enseñó Jesús cuando se atrevió a predicar que la vida de un esclavo vale tanto como la del emperador. No, para el pensador liberal el mundo es apenas una sociedad contractual. (No afirmo que todos piensen así, sólo digo que la prédica liberal científica -hablo de la teoría económica del liberalismo-, en su pedantería académica trasunta este ingrato deshumanismo como una insoportable constante.

Creo que el liberalismo económico, sobre todo en sus proposiciones más científicas y modernas, como la admirable Escuela Austriaca a la cual debemos el mayor descubrimiento de la ciencia económica: la teoría subjetiva del valor, nos debe alguna autocrítica. (Sólo la escuela liberal de la Economía Social de Mercado ha conservado rasgos humanitarios que no la desvinculan de la política ni de su único objeto y destinatario: el ser humano real). Siempre machaco lo que decía Karl Popper: "Una ciencia que tiene todas las respuestas es por lo menos sospechosa". Como lo es el psicoanálisis, que según Mario Bunge no es una ciencia sino una seudociencia (¿Quién puede demostrar que el subconsciente freudiano existe, como la neurociencia ha podido probar que hay neurotransmisores, o la mecánica cuántica que existen partículas subatómicas que nos atraviesan el cuerpo sin que nos demos cuenta?).

No veo, salvo excepciones muy solitarias, liberales abiertos y dispuestos a revisar conceptos y a intentar alumbrar una revolución intelectual revisionista fundada en la primera materia liberal, la tolerancia, y donde puedan darse cordialmente la mano tanto el sentimiento humanitario, sin el cual nada civilizado se justifica ni vale la pena; la política práctica, que es la que primero debe obtener el consentimiento ciudadano para después ordenar y amalgamar a una sociedad plural donde todo pueda discutirse siempre; la honestidad individual, como factor gravitante y posible en los funcionarios de gobierno; y por último, una revisión valiente de lo que se llama las funciones indelegables del Estado moderno. 


Funciones del Estado que son casi un dogma de fe para el liberalismo científico. Preguntémonos honradamente, por ejemplo: si los liberales soñamos legítimamente con un mundo sin fronteras, ¿por qué consideramos una función del Estado a la defensa nacional y no así a la educación pública? ¿Por qué habrían de ser más importantes un ejército, una armada y una fuerza aérea que escuelas sarmientinas en cada rincón del país, bien equipadas y con maestros bien pagos y jerarquizados por el Estado, sin negar, va de suyo, la enseñanza libre y privada? Coexistencia y competencia por la calidad educativa entre una escuela pública, gratuita, laica y obligatoria y una escuela privada, confesional o laica, para que la gente elija. ¿La libre elección no es también uno de nuestros principios liminares?

Dije educación obligatoria, y aquí se plantea otra cuestión. La locura de esta pasión por la pedantería libertaria ha llevado a algunos teóricos hasta a proclamar un supuesto "derecho a la ignorancia", según el cual un padre no tiene obligación de mandar a sus hijos a la escuela. ¿Estamos enloqueciendo los liberales, o sólo buscamos sorprender y espantar a nuestros conciudadanos menos sabios? 

Yo soy un liberal cristiano que cree que en un país moderno no debe haber un solo niño que no vaya obligatoriamente a la escuela, tampoco debe haber un solo habitante al que le falte un plato de sopa caliente todos los días y una cama seca donde dormir de noche. No importa si es un vago, un adicto, un discapacitado, un enfermo, un viejo desamparado o un niño sin hogar. Y no me vengan con la chicana de que para eso está la caridad privada, libre e individual, porque en dos mil años de esfuerzo, los cristianos no hemos alcanzado esa utopía, salvo casos excepcionales y admirables, y si quieren que les confiese mi superlativo escepticismo, creo que no la alcanzaremos en dos mil años más. De modo que si somos honestos no podemos prescindir de la asistencia estatal. ¿Que la burocracia es corrupta? En términos generales, sí. Pero hay muchas formas de asegurar cierta mínima asistencia humanitaria sin incurrir en las estructuras y formatos burocráticos conocidos. Y también creo mucho más probable que logremos formar funcionarios honorables antes que hombres caritativos y buenos samaritanos que lleven a los pobres y a los leprosos a comer a su casa.

El Estado moderno tiene que tener esas funciones altamente éticas con la plata de los contribuyentes mientras los mercado funcionan aceitadamente no con una inadulteración perfecta, lo que tampoco existirá jamás, sino con la máxima libertad racionalmente alcanzable, los impuestos mínimos optimamente administrados y las condiciones jurídicas y económicas estables e inteligentemente trazadas por una clase política superior, es decir, integrada por hombres ambiciosos y egoístas como han sido, son y serán siempre los políticos, pero con el agregado de una virtud que ahora les falta: suficiente sabiduría como para no dudar acerca de lo que hay que hacer si se quiere ser votado en un país culto que aspira a vivir en una república estable y genuinamente progresista.


Muchas veces me han dicho que un liberalismo cristiano como el que yo propongo es una fantástica utopía. Es posible. Sin embargo tengo esperanzas. Y si alguna vez me convenciera de que la doctrina liberal debe necesariamente ser despojada de todo sentimiento humanitario prevalente mediante el argumento hipócrita de que nadie pasará necesidades una vez que el mercado funcione sin interferencias ni limitaciones (cuando ni siquiera sabemos si esto es una verdad irrefutable) y que mientras tanto mis hermanos los pobres se jodan, en ese caso me apartaré del liberalismo y me dedicaré a rezar, porque será más fácil esperar que Dios arregle nuestros asuntos a que nosotros sepamos valernos de la inteligencia que nos dio.

En la Argentina el liberalismo ha retrocedido espantosamente en el plano político, aunque  ha avanzado mucho intelectualmente en los últimos años, y creo que nunca hubo como hoy tantos grupos de estudio, páginas de Internet  organizaciones, seminarios, universidades y mentes lúcidas individuales. Pero mientras hoy vemos asiduamente en la televisión y en la calle a grupos de ultraizquierda con personería política que hasta logran modestas representaciones parlamentarias, a partidos grandes y chicos que se proclaman progresistas, de centro derecha y centro de izquierda, el liberalismo ha desaparecido del escenario partidario absolutamente por completo. Desde la muerte del ingeniero Álvaro C. Alsogaray, que supo exponer con extraordinaria claridad el ideario de la libertad en su plano práctico y realista, se ha perdido la capacidad de plantear los principios liberales para que la gente los entienda sin alarmarse, sin aturdir a los pobres ciudadanos con teorías desubicadas como la de clausurar el Banco Central o proclamar el derecho a la ignorancia.

Y estoy angustiosamente convencido de que sin ideas liberales humanizadas y políticamente sólidas la Argentina no tiene salida. Porque pocos países en el mundo (tal vez por obra del peronismo, esa formidable empresa de demoliciones, como lo calificó acertadamente María Zaldívar) están tan despojados como lo estamos nosotros de la fe colectiva en la libertad y de la confianza individual en el propio esfuerzo y responsabilidad para salir de la pobreza y alcanzar la prosperidad. Nuestra orfandad de convicciones por una vida libre y digna, es espantosa.

Y no estoy proponiendo que deban existir en la Argentina ni en ningún otro lugar partidos proclamados liberales o libertarios, constituidos únicamente por liberales convencidos. Al contrario, mi idea es que los liberales deben militar dentro de los demás partidos democráticos y republicanos e influir intelectualmente desde la militancia partidaria sin descanso ni claudicación, porque si no, los partidos que se proclaman liberales terminan convertidos en grupúsculos de sectarios que se fragmentan como los trostsquistas, ante la menor divergencia de sus integrantes. Debe haber un debate constante tanto en la sociedad como en sus partidos políticos. Discutir sin miedo el grado de intervención estatal que estamos dispuestos a soportar y la tendencia libertaria por la cual avanzar, pero sin olvidarnos jamás de la persona humana y sus padecimientos. Karl Popper escribió: "Debiéramos sustituir el principio ideológico del mercado libre por este otro: el principio de limitar la libertad sólo allí donde sea necesario por motivos urgentes. Y aquí es donde en muchos casos no van a ponerse de acuerdo las diferentes opiniones acerca de dónde debe  trazarse el límite de lo necesario".  Hay que persuadir, pero también ceder, porque esa es la política. Y los pedantes que se queden en el laboratorio, en donde también son útiles por sus aportes intelectuales, pero sin perorar en las tribunas para las que no fueron hechos. Los que deberán aplicar sus teoría son los políticos, no los pensadores de gabinete. La tolerancia a la diversidad es, como dije arriba, otra materia que tendríamos que aprender antes de decir: "Si vos pensás así, no sos liberal".

Además, por mi experiencia personal, creo que un partido integrado únicamente por liberales terminaría inevitablemente siendo como un baile de ciegos, donde todos se abrazan y nadie se puede ver.

(Se permite su reproducción
Se ruega citar el sitio web del autor
www.enriquearenz.com.ar)

* * *
 

Para entender mejor este artículo, transcribo a continuación el último epílogo que incorporé a la edición de Internet de mi libro "Libertad: un sistema de fronteras móviles" donde aconsejo a mis lectores que no tomen demasiado en serio todo lo que he escrito:

"Consejo para los jóvenes: DUDAR HASTA DE LAS IDEAS LIBERALES

"En fin, amigo lector, creo que dije todo lo que me proponía decir. Ahora permítame que quizás contradiga mis propias palabras con el más importante consejo que un auténtico liberal puede darle a quién aspira a serlo: dude de todo, cuestione todo, analícelo racionalmente todo y al mismo tiempo esté abierto a todas las ideas, revise todos los pensamientos, escuche con respeto las ideas de los demás y sólo rechácelas cuando su razonamiento le indique claramente que son falsas. Un liberal no puede tener certezas últimas y definitivas, sencillamente porque la certeza absoluta es la muerte del intelecto. René Descartes afirmaba que podía y debía dudar de todo, excepto de que dudaba, porque sólo el pensamiento está en nuestro poder: “Pienso, luego existo”. Esta era su única certeza, tan firme y segura que, decía, ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos eran capaces de conmoverla. Esa fue para Descartes el primer principio de su filosofía. En El discurso del método, Descartes señala las cuatro condiciones del pensamiento que se autoimpuso:1) No aceptar nunca cosa alguna como verdadera que no conociese como tal con la más clara evidencia, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.2) Dividir cada una de los problemas que examinase en tantas partes como fuera posible.3) Conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo un orden incluso entre los que no se preceden naturalmente.4) Hacer siempre enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviese seguro de no omitir nada. Por lo tanto, amigo lector, no puedo sino aconsejarle: piense en las ideas liberales que acabo de exponer, pero no esté demasiado seguro de ellas. Yo creo que son las ideas más acabadas que ha logrado elaborar hasta hoy la humanidad en materia de política, de economía y de organización social, pero eso no impide que en el futuro puedan surgir otras maneras de ver las cosas. Tal vez ya existen pensadores que están en condiciones de demostrarnos con evidencia irrefutable que hay otra manera de organizar la sociedad que no sea sobre los principios de la libertad individual. Tendrán que sudar mucho para lograrlo, pero… ¿quién sabe? En síntesis: dude de todo, incluso de las ideas liberales". (2007)


martes, 2 de abril de 2013

La religiosidad del pueblo argentino

YA NO LO ESCONDEN 
TANTO A DIOS

Por Enrique Arenz

Si la ausencia de Dios produce un vacío terrible en la vida de los no creyentes, ¿qué habría que decir de aquellos que, creyendo, lo esconden a Dios por vergüenza?
 

Según datos estadísticos, el ochenta por ciento de los argentinos cree en Dios, aunque muchos de los bautizados no vayan casi a misa, algunos se hayan apartado de la Iglesia por distintas causas y otros no se sientan cómodos en ninguna religión. No es novedad, siempre se reconoció la religiosidad del pueblo argentino.

Pero debido a una persistente corriente intelectual de las últimas décadas, en la que universidades, científicos, filósofos, escritores e ideólogos del poder terrenal han ridiculizado sistemáticamente la fe y dado por cierto que el Universo se hizo solo, gracias a la unión azarosa de los elementos que lo componen en un orden perfecto curiosamente casual, la gente sencilla ha ido ocultando su religiosidad por pudor, para estar a la altura de la moderna  mundanidad.

Hasta que apareció Francisco parecía que nadie podía presumir de inteligente, de persona culta o de artista talentoso si no se era indiferente ante lo sobrenatural y despreciativo de cualquier expresión de fe religiosa. En Europa lograron que la palabra Dios no se mencionara ni una sola vez en la Constitución Europea, y aquí tuvimos un fuerte movimiento tendiente a suprimir los Crucifijos en los tribunales de Justicia y otros edificios públicos.

Por influencia de esta tendencia antirreligiosa (y en parte también por culpa de la Iglesia que no ha sabido rectificar sus errores más insostenibles) muchos se han ido apartando de Dios. Los varones han sido legión, las mujeres han resistido mejor. Es que la fe en ellas es afín a su natural sensibilidad, tanto que sorprende (y hasta llega a incomodar) encontrarse con una mujer que le dice a uno: "Soy atea, no creo en nada". Por otra parte el agnosticismo, la postura racional de los que "no saben", parece ser patrimonio predominantemente masculino. El agnóstico no toma posición ni a favor ni en contra de lo que ignora: considera que la Divinidad es inaccesible al entendimiento humano y trasciende a toda experiencia. Es una opinión respetable. Ahora bien, por mis observaciones y experiencia afirmaría que no hay casi mujeres agnósticas. Casi todas adscriben a alguna de las dos vertientes de la fe profunda: o creen en Dios (la mayoría), o niegan su existencia (muy pocas).

Cada cual tiene derecho a pensar como quiera, pero la falta de fe es objetivamente, psicológicamente, una gran desventaja para enfrentar la vida. Siempre he aconsejado (a veces con éxito) a mis amigos no creyentes que hagan el esfuerzo introspectivo de hablar con Dios. Les he dicho: pídanle ayuda si la necesitan, fortaleza para enfrentar la adversidad y discernimiento para saber cómo actuar ante una enfermedad, una amenaza, una gran depresión o una pérdida afectiva. El solo hecho de hablar con Dios, aunque no se tenga fe, logra efectos extraordinarios.
 

El célebre psiquiatra Carl Jung escribió: "Entre todos mis pacientes de más de treinta y cinco años no ha habido uno solo cuyo problema no fuera en última instancia el de hallar una perspectiva religiosa de la vida. Puedo decir que todos ellos se sentían enfermos porque habían perdido lo que las religiones han dado siempre a sus fieles, y que ninguno de ellos se curó realmente sin recobrar esa perspectiva religiosa".
 

Y otro famoso psiquiatra, el Dr. Abraham Arden Brill, estadounidense de origen austríaco, afirmó: "Todo aquel que es verdaderamente religioso no desarrolla una neurosis".
 

(Si, ya sé, vayan a contarle esto a los psicólogos y psiquiatras de nuestros días...)

Pero algo extraordinario ha ocurrido en esta Argentina llena de sorpresas, enigmas y contradicciones; la elección del cardenal argentino Jorge Bergoglio como el papa Francisco ha tenido la virtud de “sacar del clóset” la religiosidad oculta de mucha gente, incluyendo a insospechados famosos del espectáculo y la televisión.

En este domingo de Pascua las iglesias católicas de todo el país han rebalsado de fieles como nunca antes. La catedral porteña, la iglesia jesuita San Ignacio de Loyola, las humildes capillas de las villas donde Bergoglio celebraba misa casi secretamente, todos los templos del país, grandes y pequeños, se colmaron de fieles y nuevos visitantes. Me contaron que en la catedral de Mar del Plata, al terminar una de las misas matutinas del domingo de Pascua en la que comulgó el doble de la gente que lo hace habitualmente, los fieles que llenaban el templo de punta a punta irrumpieron en un fuerte aplauso, explosión de alegría absolutamente inédita.

Parecería que muchos de los que se avergonzaban de Dios o lo tenían relegado se sintieron de pronto orgullosos de ser católicos. En esto se percibe una tendencia colectiva a procurar parecerse en algo al papa argentino, aunque cabe la sospecha de que muchos ciudadanos hartos de este gobierno que lleva diez años de fracaso y prepotencia, han vivido la elección de Jorge Bergoglio como una suerte de revancha, una movilización semejante a la del 11 de noviembre. Puede haber una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que el papa Francisco ha sorprendido y conmovido a las personas de bien y ha contagiado su bonhomía a creyentes y no creyentes, católicos y de otras religiones.

Pero este fenómeno se ha dado en todo el mundo. En Estados Unidos los católicos que se habían alejado de la Iglesia decepcionados por la protección que recibieron sacerdotes abusadores, han regresado esperanzados en una tolerancia cero
que promete Francisco respecto de esos degenerados. “Hacía tiempo que no veíamos tanta gente en nuestro Vía Crucis”, comentó ante la prensa un emocionado sacerdote de la Iglesia Santa Cruz, en Maryland. Hay noticias similares de España, Italia y lugares tan lejanos como el Japón.

¿Aprenderemos los argentinos a emular los gestos ejemplares de este obispo de Roma que vino del fin del mundo para evangelizar y acariciar el alma de los que sufren? La humildad, la tolerancia, la capacidad de perdonar, de arrepentirse del dolor causado a otros, y el afán de servir a los que están debajo de nosotros son virtudes altamente valiosas para lograr una comunidad mejor, más solidaria y justa. Si asimilamos algo, aunque sea una pequeña partecita de esta deslumbrante conducta, la Argentina podría llegar a cambiar. Toda la humanidad puede cambiar, porque el Papa es la segunda personalidad más influyente del mundo.

Esperemos que al menos la sociedad argentina, dividida, enfrentada, llena de rencores y resentimientos, se reencuentre a sí misma bajo la bendición de Francisco y pueda reconciliarse.

¿Y los intelectuales, los profesores universitarios, los científicos que exploran el espacio sideral y se asoman a los abismos de las partículas subatómicas y no lo han visto a Dios, aunque lo han tenido siempre frente a sus narices? Esos que hablan de superchería, de supersticiones, del opio de los pueblos. Ahora se estarán enterando de lo que ignoraban: que éste es un pueblo mayoritariamente creyente y que fracasaron en su intento de derrotar a las religiones. Lo menos que esperaremos de ellos de aquí en adelante es que respeten a los argentinos no sólo en la pluralidad de sus pensamientos políticos sino también, y primordialmente, en la diversidad de sus creencias religiosas.

(Se permite su reproducción. Se ruega citar este blog)

lunes, 18 de marzo de 2013

Francisco no quiere "La Secta de los treinta" de Borges


LOS POBRES Y LA POBREZA
SEGÚN EL PAPA FRANCISCO

Por Enrique Arenz
  

L
os liberales católicos siempre nos encontramos frente al dilema que nos plantea nuestra Iglesia con respecto a la libertad económica.

Permítanme que, cansado de insistir acerca de la concordancia entre los Evangelios y el ideario liberal, haga una “traducción” de las palabras de nuestro querido papa Francisco.

Francisco ha dicho: “Quisiera una Iglesia pobre para pobres”.
Leído así parecería que quiso decir: “Quiero una Iglesia sin recursos, tan pobre que no pueda pagar ni los sueldos de sus empleados, ni ayudar a las misiones ni sostener las miles de escuelas, universidades e institutos de caridad que administra en todo el mundo, una iglesia miserable e insolvente que, por añadidura, no será para todos los hijos de Dios sino tan sólo para los muy, muy pobres”.

¿Ha querido decir esto Francisco? La descripción nos recuerda el cuento de Jorge Luis Borges La secta de los treinta (El libro de arena). Esta secta ordenaba a sus miembros vender lo que poseían y darlo a los pobres. Como todos acataban rigurosamente el mandato, los primeros beneficiarios lo daban a otros y estos a otros, hasta que todos andaban indigentes y desnudos.

Sabemos que éste no es el pensamiento ni de Francisco ni de ningún otro miembro de la Iglesia católica. Al contrario: una de las prioridades del nuevo papa será poner orden en las finanzas del Vaticano, terminar con la corrupción, los dispendios y los gastos suntuarios que han llevado al pequeño Estado al borde de la bancarrota.


Lo que Francisco quiso decir, y perdónenme que presuma de fiel exégeta del papa, es que sueña con una Iglesia austera para todos los cristianos del mundo, aunque su preferencia estará siempre del lado de los más pobres y desheredados. Lo cual, al menos me parece a mí, es una postura justa, ética e incuestionablemente cristiana.


¿Se expresó mal? No lo creo. La Iglesia nunca habla en términos de lógica política y menos de teorías económicas. Sus palabras tienen un exclusivo sentido moral y así deben ser siempre interpretadas.
Los liberales católicos estamos acostumbrados a que, con la excepción de algunas notables personalidades de la Iglesia, como el teólogo norteamericano Michael Novak y los Papas Pío XI y Juan Pablo II (este último con definiciones contradictorias), la Iglesia ha sido tradicionalmente antiliberal, antimercado y antiriqueza.

Esto se ha debido, creo yo, a que la ciencia económica no ha estado nunca entre las disciplinas que la Iglesia estudió a través de sus hombres más inteligentes. Han leído mucho a Marx, de eso no cabe duda, pero parecería que nada a Mises, a Hayek, a nuestro Alberdi.

Pero este no es el caso de Jorge Bergoglio
. ¿Por qué hago esta afirmación? Porque me consta que él, un apasionado lector y hombre siempre ansioso de conocimientos y nuevas perspectivas, leyó mucho sobre economía, se interiorizó acerca de las distintas corrientes del liberalismo y, lo más importante, conoce la teoría subjetiva del valor de la Escuela Austríaca. No sé si esas lecturas lo convencieron de la superioridad de tales teorías con relación al estatismo, al socialismo y al intervencionismo keynesiano (probablemente, no), pero como es un hombre intelectualmente brillante podemos alentar la ilusión, la esperanza, quizás un poco ingenua, de que no habrá de ser un papa antiliberal acérrimo.
Bergoglio no ignora que para superar la pobreza en el mundo es necesario crear riqueza y expandir las fronteras de las posibilidades económicas. (La borgeana secta de los treinta está lejos de su pensamiento). Y sabe que para crear riqueza debe haber personas ambiciosas (si fueran justos cristianos, mejor) que inviertan su dinero para ganar más dinero; sabe que los ricos tienen en sus manos el poder virtuoso de generar muchos empleos y abaratar los precios, y que para que arriesguen sus fortunas en la búsqueda de nuevos proyectos productivos necesitan algo más que la caridad cristiana: necesitan ambiciones, temple empresarial, relativa libertad económica, condiciones ventajosas y un clima de respeto por el derecho y la propiedad privada. Todo eso lo sabe Bergoglio mejor que cualquier economista, por lo tanto sería absurdo sospechar que desea una iglesia para un mundo de pobres sin esperanza, una secta que se extingue por su propio desprendimiento material como pereció la imaginada secta de Borges.

Que él predique austeridad y humildad, y que lo haga con admirable ejemplo personal, no quiere decir que deteste a los ricos. Lo que él detesta es la figuración, la ostentación, el lujo obsceno que ofende a los que no tienen ni un plato de comida para alimentar a sus hijos. Y esa prédica de sencillez y humildad nos viene bien a todos. No está mal que seamos un poco menos vanidosos, menos superfluos menos codiciosos de lujos innecesarios mientras en el mundo haya tanta desigualdad y tanta pobreza, pero eso no quiere decir que para la Iglesia sea un pecado ser rico o de clase media y que solo los pobres merecen el reino de los cielos.

Pero atención: predicar no quiere decir imponer. Cada cual es libre de elegir su vida. El papa nos da una lección, nos señala un camino, nos muestra un paradigma de conducta cristiana. Para nosotros los creyentes es una lección moral que nos recuerda las enseñanzas olvidadas del propio Jesús. Podemos aprovecharla para ser mejores o desecharla. Seguimos teniendo el libre albedrío que Dios le dio a cada uno de sus hijos.

Nota agregada el 14/6/14:  Hoy leí las declaraciones que hizo Francisco al diario español La Vanguardia. Me siento profundamente sorprendido y desencantado. El papa ha demostrado un desconocimiento abrumador de la ciencia Económica y ha llegado a denunciar que el sistema capitalista necesita de las guerras y de la limitación de la natalidad para sobrevivir. Además habló de la idolatría del dinero, lo cual es un mito insostenible, ya que. como sabemos los liberales, no existe ni existió nunca el homo oeconomicus.

Debo, por lo tanto, rectificar mi optimismo excesivo volcado en esta nota. Mi fuente de información sobre los supuestos conocimientos del papa de la Escuela Austríaca, es absolutamente confiable, aunque ahora compruebo que me ha vendido pescado podrido. Con todo, sigo creyendo que Francisco es un gran hombre, que el mundo tiene mucho que esperar de su influencia moral y su sentido ético de la vida con relación a la paz, la concordia, la tolerancia y la convivencia pacífica entre distintas ideologías políticas y creencias religiosas, en ese sentido siempre debemos apoyarlo. Pero cuando recemos por él, no olvidemos
pedirle a Dios que ilumine ese lado oscuro de su inteligencia.

Se permite su reproducción 

jueves, 14 de febrero de 2013

SUGESTIVAS SEMEJANZAS ENTRE SAN PEDRO Y JOSEPH RATZINGER



CUANDO EL PRIMER PAPA QUISO RENUNCIAR Y JESÚS NO SE LO CONSINTIÓ

Jesús le dijo a Pedro aquella mañana frente al Mar de Galilea:

“Cuando eras joven hacías lo que querías, en la vejez, en cambio, otros ceñirán tus manos y te llevarán adonde no querrás ir. Deberás cumplir ese destino para gloria de mi Padre. Ahora sígueme”.


Siento un gran respeto y admiración por el Papa Benedicto XVI, y me inclino a pensar que su renuncia obedece a su soledad, a las intrigas palaciegas, a los increíbles errores cometidos (tal vez por la ineficacia o intencionalidad de la burocracia vaticana) y a su timidez y mansedumbre que lo inhiben de enfrentar a sus detractores internos con la fuerza con que lo haría otro cardenal más joven, ambicioso y de temperamento enérgico.



Una decisión irreprochablemente honesta, pero también muy personal. Y uno se pregunta: ¿tiene derecho el Vicario de Cristo de anteponer sus limitaciones y padecimientos personales a su misión trascendental? Para el mundo moderno, sí, tiene derecho. Incuestionablemente. El dilema es saber qué piensa Dios. Y esa duda, que ni el propio Joseph Aloisius Ratzinger en la soledad de su aislamiento futuro podrá dilucidar, me recordó que estando yo en Tierra Santa, en 2008, una homilía de nuestro guía espiritual me hizo pensar en el fallecido papa Juan Pablo II, que a pesar de sus agobiantes padecimientos, siguió arrastrando su pesada cruz con una determinación conmovedora. Se había hablado mucho de la eventual renuncia de Juan Pablo II por su calamitoso estado de salud. Sin embargo siguió hasta el final.



Aquel pensamiento me inspiró un cuento que se publicó en mi libro Historias de Tierra Santa y que recrea el momento en que tanto Pedro como todos los demás apóstoles quisieron olvidar a Jesús (ya crucificado) y seguir con sus vidas normales, en una humana reacción de agotamiento y debilidad moral. El cuento se llama: El día que Pedro quiso olvidarlo todo y dijo: me voy a pescar.



Como en estos días coinciden dos acontecimientos significativos para el Cristianismo: el tiempo de Cuaresma y la renuncia de un papa (por primera vez en seiscientos años) ofrezco la lectura de ese cuento que no es otra cosa que una ficción libre inspirada en un episodio del Evangelio de  san Juan y que podría movilizar alguna reflexión.


(Hacer clic en el título para leer el cuento)

sábado, 2 de febrero de 2013

La lección de un maestro


LUIS N. FABRIZIO, UN POLÍTICO HONORABLE QUE SE DEDICÓ 
A ESCRIBIR
por Enrique Arenz 

Luis Nuncio Fabrizio
Daba gusto conversar con él. Además de culto, amable y buena persona, era un auténtico demócrata respetuoso de las ideas y opiniones de los demás. Uno podía sentarse a tomar un café con este socialista convencido y hablar de política sin que el menor atisbo de intolerancia amenazara con arruinar el encuentro.
Si había un pluralista cultor del diálogo, ese era Fabrizio. Tenía la viva curiosidad por conocer el pensamiento de su ocasional interlocutor y tomaba seriamente su punto de vista. Y poseía una rara habilidad: cuando el apasionamiento del otro amagaba con poner algo tensa la conversación, cambiaba de tema de manera suave, respetuosa, casi imperceptible. A veces con sentido del humor, que era su mejor barrera a la incipiente tirantez. El intercambio de ideas y la destreza para evitar asperezas o discusiones, eran en él un arte superior. Hablar mal de alguien o mostrar la sangre de alguna de sus heridas no era música de su repertorio. Disfrutaba de la conversación amigable, ya fuera con peronistas, marxistas o liberales como yo.
Nos conocíamos del barrio, Colón y La Pampa, donde él tenía su carpintería. Habrá sido en 1957 o 58, aunque por entonces yo era un adolescente y por eso no tuvimos un trato muy cercano. Cuando desilusionado por ciertas ingratitudes y negaciones se alejó de la política activa y comenzó a escribir ficciones fue cuando nos hicimos amigos y comenzamos a vernos cotidianamente.
Nunca antes él había escrito narraciones, aunque sí ensayos políticos y muchas buenas notas periodísticas. Su iniciación en el cuento y la novela fue una sorpresa para mí, y presumo que también para muchos de sus amigos. Estaba entusiasmadísimo con su nuevo oficio, pero tenía la suficiente humildad como para saber que necesitaba aprender muchas cosas. Concurrió al taller literario de Marcela Predieri, y más tarde se unió a un grupo de escritores independientes que buscaba saludablemente el hábito de la corrección incansable y el perfeccionamiento técnico de la escritura.
Si siempre había escrito bien, con claridad, sencillez y buena prosa, aprender el oficio de la escritura creativa de la mano de un taller prestigioso no podía sino producir, en un hombre inteligente y buen lector como Fabrizio, una notable y rápida transformación. ¡Pero lo destacable, la gran lección que nos dio a todos, es que cuando comenzó esta gran aventura literaria ya tenía cerca de ochenta años!
Si a lo largo de su vida Fabrizio fue un político honorable, gerente de varias empresas comerciales y, sobre todo, un esforzado trabajador que dejó varios dedos de su mano derecha entre el aserrín de una sierra de carpintería; si fue, además, un hombre íntegro a la hora de reconocer y hacerse cargo de errores y desaciertos en algunas decisiones políticas que involucraron a muchos y no solamente a él, ¿qué debiéramos decir de sus últimos diez años? Que fue sencillamente ejemplar: en la vejez encaró la vida con una nueva pasión, una nueva perspectiva para canalizar su sensibilidad social: la literatura.
En su libro La redención alcanzada. Una historia de Mar del Plata, publicado hace siete años, Luis Fabrizio exhibe sorprendentemente el potencial de su capacidad narradora. Ese libro es la mejor demostración de que no hay edad para iniciarse en la creación artística si se tiene entusiasmo “juvenil”, ganas de alcanzar metas difíciles y tenacidad en el trabajo, virtudes que por un prejuicio generalizado el mundo suele dar por extinguidas en la gente mayor.
La enfermedad traicionera que lo invalidó en los últimos años nos ha privado no solo del amigo dolorosamente ausente en la mesa de café, sino de las historias que tenía dando vueltas en su cabeza y que proyectaba escribir y publicar. Eso se ha perdido, pero no lo que dejó publicado que siempre releeremos, sus cuentos aparecidos en La Capital que seguramente se reeditarán ni su admirable ejemplo de amor por la vida productiva y el trabajo entusiasta. Su lección nos ayudará a reírnos de nuestros cotidianos tropiezos y a no caer en el desaliento
ni en el rencoroso rumiar de ingratitudes e imposturas.

*  *  *

Información complementaria para saber a qué me refiero cuando hablo de ingratitudes e imposturas:
Luis Fabrizio fue diputado provincial y nacional, concejal municipal, delegado municipal del Puerto y dos veces intendente de Mar del Plata por el entonces Socialismo Democrático. Fue un hombre de bien y un político de gran vocación por servir a su comunidad. Ganó la Intendencia Municipal en 1973, cuando solamente en dos ciudades de la provincia de Buenos Aires, una de ellas Mar del Plata, el peronismo resultó derrotado. En 1976 fue desalojado por el golpe militar, y en 1981, nombrado nuevamente al frente de la comuna por el mismo gobierno que lo había sacado. Haber aceptado ese ofrecimiento siempre lo mortificó, y reconoció públicamente que fue una equivocación de la que él se declaró único responsable. Sin embargo, había sido una multitudinaria asamblea del socialismo local la que lo autorizó y lo instó casi por unanimidad a asumir ese compromiso. Por su parte el Partido Socialista en el orden nacional, presidido por Américo Ghioldi, lo presionó para que accediera a volver al cargo que había ganado anteriormente por el voto popular. Muchos socialistas regresaron felices de la mano de Fabrizio a sus puestos de altos funcionarios municipales, pero luego, ya en democracia y con la unificación del Socialismo Democrático con el Popular, algunos de esos correligionarios lo culparon acremente por la pérdida del capital político de ese partido como consecuencia de aquella errónea determinación colectiva. Era tal su hombría de bien que cargó en silencio sobre sus espaldas una "culpa" que era de todo el Socialismo Democrático y no solamente suya.
El colmo fue cuando no hace mucho el Partido Socialista difundió un listado de los muchos intendentes socialistas que había tenido la ciudad, desde el primero que fue don Teodoro Bronzini en 1919. Una larga lista, casi todos buenos intendentes. No estaba el nombre de Fabrizio. Jamás le escuché una palabra de reproche.

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