miércoles, 24 de febrero de 2010

UNIONES GAY: LA OPINIÓN DE UN CATÓLICO

por Enrique Arenz


No es fácil ser católico y liberal. Conciliar la doctrina de la Iglesia con la amplitud de criterio que exige la condición ética de un auténtico liberal se hace a veces incómodo y doloroso. Y si hay un asunto que conmueve en estos días la conciencia de un católico que quiere pensar por sí mismo, es el relacionado con la homosexualidad y las uniones gay.
Pues bien, deseo expresar mi opinión, que, me consta, interpreta la manera de pensar silenciosa de muchos católicos que sufren hoy los avatares de este dilema. Sólo les pido a los católicos intransigentes que no se disgusten. No quiero enfrentarme a ellos y menos a mi Iglesia; sólo deseo reflexionar rectamente y en voz alta, haciendo uso del libre al­bedrío que Dios me concedió y la inteligencia que no me negó.

Vayamos entonces al punto: Si la ciencia médica ha descartado a la homosexualidad como una patología, y si en el mundo del siglo XXI les hemos reconocido a los homosexuales el derecho a ocupar un lugar en la sociedad sin menoscabos ni discriminaciones, ¿por qué habríamos de negarles la convivencia en parejas estables legalmente constituidas? A estas uniones debiéramos verlas como un asunto de interés para toda la sociedad, porque son una manera efectiva de contrarrestar posibles hábitos promiscuos y desórdenes de conducta.

Entonces afrontemos la realidad y hagamos lo más sensato: alentemos la formación de parejas gay permanentes y monógamas vinculadas por el amor y los inte­reses en común. Hay, por lo tanto, una necesidad impostergable de legislar las uniones civiles de homosexuales. ¿Cómo debiéramos hacerlo sin herir los sentimientos de nadie?

Para los católicos la homosexualidad estará siempre en discusión. La Iglesia aún lo considera una desviación moral severa, y si en la actualidad acepta fieles que tengan inclinación homosexual, les exige la abstinencia y una vida de virtual aislamiento y negación que, respetuosamente lo digo, no es justa desde ningún punto de vista. Pero en todo caso ese es un problema de los homosexuales católicos, cuyas conciencias individuales les dictarán si deben o no acatar esas duras reglas para no perder sus derechos sacramentales.

¿Pero qué pasa con los homosexuales agnósticos, o aquéllos que siendo bautizados no practican los deberes religiosos? En ambos casos las personas involucradas no tienen ningún problema de conciencia y se sienten cómodos viviendo como ellos entienden que es correcto. La sociedad pluralista, la sociedad abierta a la diversidad, la sociedad de los hombres libres, la sociedad que todos queremos, democrática y republicana, tiene el deber de encontrarle una salida legal a ese grupo social minoritario que desea practicar la monogamia.

Nos quejamos, no sin razón, de que muchos de los jóvenes heterosexuales eluden hoy las formalidades y los compromisos del matrimonio, y viven en transitorias y precarias parejas donde procrean hijos y a veces deshacen sus vínculos con descuido de sus obligaciones de padres. Reconozcamos por lo menos que es un hecho auspicioso, y hasta cierto punto un buen ejemplo, que muchos homosexuales quieran tener una vida familiar más ordenada y permanente.

No olvidemos que aún cuando somos mayoritariamente un país católico, tenemos el deber de amparar los derechos civiles de las minorías.

Entonces, ¿qué hacemos con quienes quieren constituir parejas estables de un mismo sexo y desean hacerlo mediante un contrato legal que garantice a ambos cónyuges todos los derechos y obligaciones que el Código Civil otorga a los contrayentes heterosexuales?

No sería correcto llamar a esta unión "matrimonio", porque el matrimonio es un Sacramento y será siempre la unión entre un hombre y una mujer, y por eso mismo su incorrecto uso ofende creencias y convicciones que deben respetarse.

Pero tampoco podemos ponerle un nombre diferente a las uniones entre personas del mismo sexo porque eso sería claramente discriminatorio.

¿Por qué entonces, para no herir los sentimientos de nadie, no le cambiamos el nombre al contrato civil, tanto para heterosexuales como para homosexuales? Que en lugar de llamarse matrimonio se llame Enlace conyugal, o Unión civil, o lo que sea. Nadie se sentirá discriminado y le devolvemos el término "matrimonio" a la Iglesia Católica (y otras religiones) como Sacramento para los contrayentes que lo hagan ante el Altar. La sociedad plural y laica no pierde nada y reducimos fuertemente un conflicto de conciencia que lastima hoy a mucha gente.
 
 (Se permite su reproducción)

martes, 2 de febrero de 2010

EL DILEMA DE LOS LIBERALES ANTE LA REALIDAD POLÍTICA Y CULTURAL DE OCCIDENTE


HAY UN URSO QUE APALEA UNA MUJER Y YO NO LE PUEDO SACAR EL GARROTE, ¿QUÉ HAGO?

Por Enrique Arenz


Días pasados estaba yo chateando con un joven e inteligentísimo amigo liberal con quien intercambié algunas opiniones sobre la crisis de las reservas y la destitución ilegal del presidente del Banco Central.

Los dos coincidimos en un punto crucial de nuestra doctrina: no debería existir el Banco Central.

Pero a partir de ahí se produjo un amable disenso. Yo le comenté que, mientras aquí y en todo el mundo libre prevaleciera la idea, errónea pero inconmovible, de que un banco central es indispensable, lo único que podíamos hacer, pensando la política como el arte de lo posible, era defender a muerte la independencia de esa institución.

Mi joven amigo sostuvo que no, que los liberales no podíamos aprobar ni aceptar la existencia de un banco central. Como yo pretendía no sacar los pies de la tierra para lo cual me avenía resignado a la realidad de la cultura dominante de académicos, políticos y economistas occidentales, él me comentó una imagen interesante. Me dijo: “Si uno ve que un hombre está golpeando a una mujer con un gran palo, lo que hay que hacer es quitarle el palo, no darle uno más chico”.

La metáfora es brillante, ingeniosa y convincente, pero oculta una falacia. La misma falacia en la que incurren los izquierdistas cuando comparan la libertad de mercado con la “libertad del zorro en el gallinero”.

Los liberales sabemos que la libertad del mercado jamás puede ser la libertad del zorro en un gallinero porque entre las bestias impera la competencia biológica, mientras que entre las personas libres hay competencia social. Los animales compiten para derrotar al otro, para comérselo o para quitarle la comida, el territorio y el harén. Las personas, en cambio, compiten entre sí para ofrecer un mejor servicio a los demás.

Pero vayamos al hombre del garrote. Si el hombre es un grandote musculoso que, además, está furioso y descontrolado, ¿cómo hago yo, pobre alfeñique, para quitarle el garrote? Supongamos que yo con chamullo amigable logro convencerlo de que deje el garrote y agarre un palo de escoba que yo mismo le ofrezco.

El tipo acepta y la emprende contra la mujer con el palo de escoba. Yo me llevo el garrote, llamo a la policía y mientras tanto yo sé que aunque la pobre mujer va a salir lastimada, al menos no le va a romper ningún hueso.

Ahora, si yo me pongo en ortodoxo y digo: “No le puedo sacar el garrote, lo siento mucho, no me meteré en líos, seguiré mi camino y predicaré por el mundo que jamás hay que pegarle a una mujer, ni con la mano ni con un palo chico ni con un garrote”, seguramente no le haré ningún favor a la víctima: terminará muerta o con graves fracturas.

Pues bien: la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco Central de la Unión Europea y nuestro propio Banco Central, son, en manos de los respectivos gobiernos un palo chico, porque esas instituciones tienen autonomía (relativa, pero autonomía al fin) y no “pueden ni deben” (relativamente, también) recibir instrucciones, sugerencias u órdenes del Poder Ejecutivo. Hacen daño pero no rompen huesos.

Cuando se dictó por ley la actual Carta Orgánica del Banco Central le quitamos al gobierno el garrote y le dimos un palo chico con el que, ciertamente, nos siguió sacudiendo el lomo. Lo alarmante es que ahora se está por modificar esa ley y yo sospecho que muchos diputados y senadores de la oposición van a terminar devolviéndole el garrote al Poder Ejecutivo. ¿Entonces qué hacemos, nosotros los liberales, dejamos que el grandote se haga nuevamente dueño del garrote o intervenimos para que siga empuñando el palo chico?

Y estamos hablando del gobierno argentino, que quiso manotear las reservas pero no pudo porque el palo chico que empuñaba se le partió al segundo o tercer golpe, por lo cual el daño no fue ni parecido a los tiempos de la hiperinflación alfonsinista en que había absoluta discrecionalidad para emitir moneda y disponer de las pocas reservas que entonces había.

Nuestros legisladores, con muy escasas excepciones, no entienden nada de esto, no tienen la menor idea de lo que implica poner verdaderos límites al gobierno de turno en lo que respecta a las reservas y políticas monetarias. Nosotros, los liberales, los que pensamos que no debería haber un banco central, y que también creemos que no deben establecerse "metas de inflación" entre otros absurdos de esa cultura dominante, lo único que podemos hacer con ellos es persuadirlos de que golpeen con el palo chico. Y para eso tenemos que opinar y batallar dentro del cuadrilátero, sin salirnos de los límites que marcan las cuerdas de la realidad en la que estamos. Lo cual no impide seguir difundiendo que no solamente no debería haber un banco central, tampoco debería haber una moneda acuñada por el Estado, ni leyes antimonopolio, ni impuestos distorsivos y confiscatorios, ni barreras aduaneras que prohíban importar o exportar libremente, ni mercados de divisas que no sean libres e irrestrictos.

Muchas cosas no debería haber. Pero las hay, y forman parte de la realidad política y la mentalidad colectiva que debemos intentar modificar. Pero entre la teoría ascética y la acción, yo prefiero la acción, así sea en el barro. Prefiero participar dando por sentada esa realidad de pesadilla, tratar de que no empeore, contribuir a mejorarla y fertilizar simultáneamente el terreno cultural de las futuras generaciones donde germinen esas ideas.

Desde ya confieso que me cuesta mucho creer que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo van a dejar de existir algún día. Me cuesta mucho, muchísimo. Sin embargo no dejo de apasionarme por las ideas científicas que fundamentan esa soñada e hipotética abolición. Alguna vez en el futuro, en el lejano futuro para el cual trabajamos los liberales.

DUDAR HASTA DE LAS IDEAS LIBERALES

Ahora permítame que contradiga mis propias ideas con el más importante consejo que un viejo liberal como yo puede darle a los jóvenes que aspiran a serlo: duden de todo, cuestionen todo, analícenlo racionalmente todo y al mismo tiempo estén abierto a todas las ideas, revisen todos los pensamientos, escuchen con respeto las ideas de los demás y sólo rechácenlas cuando su razonamiento les indique claramente que son falsas. Hagan la prueba de la falsación a la que alude Karl Popper. ¡Cuidado con las figuras dialécticas, con las metáforas encandiladoras!

Un liberal no puede tener certezas últimas y definitivas, sencillamente porque la certeza absoluta es la muerte del intelecto.

René Descartes afirmaba que podía y debía dudar de todo, excepto de que dudaba, porque sólo el pensamiento está en nuestro poder: “Pienso, luego existo”. Esta era su única certeza, tan firme y segura que, decía, ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos eran capaces de conmoverla. Ese fue para Descartes el primer principio de su filosofía.

En El discurso del método, Descartes señala las cuatro condiciones del penSamiento que se impuso:

1) No aceptar nunca cosa alguna como verdadera que no conociese como tal con la más clara evidencia, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.

2) Dividir cada una de los problemas que examinase en tantas partes como fuera posible.

3) Conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo un orden incluso entre los que no se preceden naturalmente.

4) Hacer siempre enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviese seguro de no omitir nada.

Por lo tanto, no puedo sino aconsejarles a mis jóvenes amigos liberales: estudien y piensen en las ideas de la libertad de los grandes pensadores, pero no estén demasiado seguros de ellas. Yo creo que son las ideas más acabadas que ha logrado elaborar hasta hoy la humanidad en materia de política, de economía y de organización social, pero eso no impide que en el futuro puedan surgir otras maneras de ver las cosas. Tal vez ya existen pensadores que están en condiciones de demostrarnos con evidencia irrefutable que hay otro forma de organizar la sociedad que no sea sobre los principios de la libertad individual. Tendrán que sudar mucho para lograrlo, pero… ¿quién sabe?

En resumen: hay que dudar de todo, incluso de las ideas liberales.


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