jueves, 29 de mayo de 2014

Seguimos con la novela MARPLATEROS (Cap. 15)



A comienzos de 1973 hice terapia con el médico psicoanalista Ibrahím Lega. En esa época analizarse era casi una obligación social. Estábamos en el apogeo de la cultura de los sesenta: arte pop, Instituto Di Tella, Jorge Romero Brest, Mayo francés, “La imaginación al poder”, “¡Prohibido prohibir!”. 

Yo desconfiaba de toda esa espuma superficial y gaseosa, pero no la rechazaba. Ahora sí, ahora creo en la psicología científica y en los avances de la medicina psiquiátrica, sobre todo en el terreno de las investigaciones farmacológicas, pero definitivamente no creo en el psicoanálisis. Años de lecturas y reflexión me llevaron a aceptar las opiniones de pensadores como Karl Popper, Mikkel Borch-Jacobsen y los argentinos José Sebrelli y Mario Bunge, entre otros, quienes con argumentos serios han refutado, por decirlo suavemente, las teorías freudianas.

En aquellos tiempos yo necesitaba superar algunos problemas que afectaban mi vida familiar y social, y el austero menú de la época ofrecía dos caminos: o hacerse hippie y fumar marihuana o acostarse en el diván de un psicoanalista. Me apuro a dejar sentado que el doctor Lega fue una gran persona, un notable profesional de la psiquiatría, recientemente fallecido, muy reputado en aquellos tiempos por sus terapias grupales de psicodrama.

Comencé con sesiones individuales, en las que Ibrahím Lega, pragmático y abierto, alternaba el diván con la hipnosis, la sugestión y la inducción conductista.

Pero mi caso no era muy severo, apenas una neurosis comportamental que no requería terapia individual. Después de unas cuantas sesiones en las que nos aburrimos él y yo, Lega me propuso integrarme a un grupo de siete pacientes que hacían psicodrama bajo su conducción.

Acepté más por curiosidad intelectual que por necesidad.
La primera sesión fue una fuente de descubrimientos y sobresaltos.

Cuando Lega me presentó a los demás, percibí de entrada un clima de rechazo. Era esperable: siempre molesta a un grupo ya consolidado el ingreso de un nuevo paciente. Pero lo peor fue que me encontré con quién menos hubiera deseado, con Franco, el mismo que doce años atrás me había derrotado en la conquista amorosa de Nadia. Yo sabía que ella y Franco se habían casado, pero fue en el grupo donde me enteré que las cosas no andaban del todo bien en el matrimonio.

Los dos nos sorprendimos desagradablemente, y era lógico. Compartíamos intimidades que tal vez iban a tener que ventilarse en algún momento. Además, yo me enteraría de los avatares de su matrimonio, y eso iba a ser comprensiblemente muy incómodo para él.

A los demás los vi como a caracoles que dejaban su carapacho en la sala de espera. Dos de los pacientes eran estudiantes de psicología: Silvina, una rubiecita joven, siempre vestida con vaqueros gastados y remeras de algodón, que tenía conflictos de identidad y problemas de relación con su familia y con otras personas, y Javier, un hombre de unos treinta y cinco años, cuya patología era la impotencia sexual. Su pareja lo había abandonado por esa contrariedad.

Martha, una mujer de unos treinta y ocho años, empleada administrativa, que lidiaba con la culpa de haberse practicado un aborto muchos años atrás, y ahora que quería tener un hijo no podía embarazarse. Pero además, el esposo de ella había regresado una noche a su casa con tenues perfumes en la ropa. Parece que cuando Martha expuso ante el grupo esta sospecha, los demás no pudieron contener la risa, y desde entonces la llamaban “aromas del Cairo”, para enojo de la mujer que exigía que el “material” (así lo llamaba) que ella traía al grupo no fuera tomado en solfa.

Ivana, una chica muy atractiva, de no más de veinte años que solía usar una provocativa minifalda tableada (más tarde supe que había padecido un abuso siendo adolescente), y Rómulo, un muchacho de similar edad, cuyos problemas psicológicos eran insignificantes: dificultades de concentración en los estudios y cosas así.

Por último, estaba Mauro, un comerciante de unos cuarenta años, casado y con tres hijos que tenía permanentes conflictos con su familia.

Otra gran sorpresa fue que todos aquellos pacientes eran izquierdistas de variada gama ideológica, unos muy radicalizados y otros más moderados. Todos tenían una ilusión adolescente: que el gobierno del doctor Cámpora, que había sido electo el 11 de marzo y que asumiría el 25 de mayo de ese año, se transformara en el camino para la soñada revolución social en la Argentina.  La excepción era Mauro, que tenía mucha plata y a quien los demás solían apodar en broma “chancho burgués”.

Al doctor Lega se le ocurrió que yo me identificara políticamente ante aquellos revolucionarios.

Cuando les dije que era liberal y que estaba militando en el partido Nueva Fuerza que había fundado el ingeniero Alsogaray, hubo un silencio profundo. El desencanto no pudo ser mayor. Podrían haber esperado que se uniera al grupo cualquier enfermo severo, un psicasténico, un psicópata, un pedófilo, pero jamás un loco de la derecha. De aquellos pacientes, el único que conocía mis convicciones políticas  (y debo reconocer que siempre las había respetado), era Franco, que en ese momento se limitó a sonreír divertido y a mirar el techo desde el piso en donde siempre se sentaba. Sabía lo que me esperaba.

Nunca le pregunté a Lega por qué me insertó en un grupo tan ideologizado donde era imposible que yo cayera ni simpático ni idealista ni buena persona. Eran tiempos en que se mataba a la gente por pensar diferente. Los Montoneros, el ERP y otros grupos insurgentes predicaban la lucha armada contra quienes defendían valores que contradijeran el catecismo socialista. Si no se estaba contra el imperialismo y a favor de la liberación nacional, se era el enemigo. La intolerancia reinante en el país contaminaba toda posible convivencia entre seres humanos con diferentes visiones de la vida y del mundo.

No obstante ese día no se habló de política. Los cuarenta y cinco minutos exactos e improrrogables de cada sesión se completaron apretadamente con la exposición de uno de los pacientes.
Durante varias sesiones me limité a escuchar los problemas de los demás y a exponer, a veces, mis propios y comparativamente irrelevantes conflictos.

Un día, apenas iniciada la sesión, Mauro, el chancho burgués, pidió la palabra y confesó compungido que había vuelto a engañar a su esposa con una de sus empleadas. Era la tercera vez que lo hacía desde que iba al grupo. Lo curioso es que, ni en esta ni en las ocasiones anteriores, la esposa, que no era una mujer celosa ni desconfiada, había tenido la menor sospecha del adulterio porque siempre habían sido relaciones casuales. Y Mauro, como le sucedía tras cartón de cada felonía, no pudiendo manejar el remordimiento se lo había confesado.

“Te volví a cagar”, le había dicho entre lágrimas. Era tan plañidera la catarsis de Mauro que comenzamos a debatir por qué el varón es tan propenso a caer en el adulterio circunstancial. Aquí los hombres y las mujeres se dividieron. Mientras los primeros decían que es muy difícil resistir la tentación cuando uno percibe que una mujer atractiva se le está insinuando, ellas sostenían que un hombre que ama y respeta a su pareja jamás puede tener excusa para serle infiel. Descubrí divertido que en materia de infidelidad conyugal no había diferencia entre izquierda y derecha, sólo había diferencias de género: los hombres la justificaban, las mujeres la condenaban.

Yo vi en la polémica una buena ocasión para hacer que aquellas mujeres izquierdistas simpatizaran conmigo, aunque me malquistara con los varones. Dije que yo pensaba como ellas, que si uno tiene convicciones no se deja seducir por nadie. Y aseveré enfáticamente que yo podía responder por mi conducta en cualquier circunstancia.

Las mujeres me miraron serias y con cautela. Los hombres, con sonrisas burlonas.

El doctor Lega, ni corto ni perezoso, propone ese tema para el psicodrama. Me hace subir a una pequeña plataforma que simula un escenario, y elige a Ivana, la paciente de veinte años que ese día había llevado su pollerita tableada escocesa, para que intente seducirme. Todos verían cómo actuaba yo.

Enciende dos reflectores que iluminan la plataforma y apaga las luces de la sala. Los “actores” nos sentamos en dos sillas, uno frente al otro, ella cruzada de piernas y yo haciendo esfuerzos para no mirárselas. Comenzamos a charlar entre nosotros.

―Enrique ―inició la conversación la jovencita, un poco nerviosa―, tengo que hablar con vos…
―Con todo gusto, Ivana, me encanta conversar con vos.
―No sé como decírtelo. Hace tiempo que nos conocemos y yo llegué a quererte mucho…
―Gracias, Ivana, yo también te quiero. Por algo hemos sido tan buenos amigos.
―Es que yo… no me siento tu amiga.
―¿…?
―Enrique, necesito decírtelo, estoy enamorada de vos.
―Ivana, ¿qué estás diciendo…?
―Que te amo y quiero ser tu amante.

En este punto del diálogo nos quedamos mirándonos a los ojos en medio de un prolongado silencio. Entre los espectadores nadie se mueve. Yo mismo quedo envuelto en la magia de la escena y experimento cierta perturbación.

―Ivana ―le digo con gran dulzura tomándole las manos―, sos una chica hermosa e inteligente. Cualquier hombre se enamoraría fácilmente de vos. Me cuesta mucho decirte lo que debo decirte... Sabés que soy un hombre casado, que amo a mi esposa y que sería incapaz de hacerle una cosa así.
―Enrique ―me interrumpe ella con bien actuada ansiedad―, ya lo sé, sos una persona honesta y por eso te respeto y te admiro. Pero algo me sucedió con vos, sólo quiero tenerte en mis brazos, entregarme a vos, porque no puedo dejar de pensar en vos, porque te sueño todas las noches, porque no hay otro hombre que me atraiga como me atraés vos…
―Ivana…
―No, dejame decirte todo lo que siento. Quiero ser tu amante sin que abandones a tu esposa, quiero ser tu muñeca de placer, ella no tiene por qué enterarse. Haremos todo lo necesario para que nuestra aventura se conserve en el más hermético secreto. Tengo mis propios ingresos, no te voy a resultar cara. No me rechaces, Enrique, por favor, no podría vivir sin vos.

El silencio de la sala se hizo abrumador. Nadie respiraba. En la vida real resulta­ría muy difícil, si no imposible, resistir a una bella y joven mujer que se te regala de esa manera. Era una simulación y yo tenía el firme propósito de mostrar una conducta irreprochable. Así y todo comencé a caer en el embrujo de la escena. Por un momento sentí cierto impulso frenético que debió ser advertido por Lega que se movió con cierta inquietud y percibí que se preparaba para interrumpir el juego. El clima había alcanzado imprevistamente un realismo increíble. El amague del doctor Lega me trajo a la realidad rápidamente. Tenía que seguir el plan sin ninguna desviación.

―Ivana, querida. Por favor, escuchame, hablemos como personas adultas: si yo accediera a lo que me estás proponiendo seguramente se­ría, en lo inmediato, el hombre más feliz del mundo. Porque tener el amor y la pasión de una mujer como vos es la cosa más fantástica que a uno le puede pasar. Pero ¿cómo me verías si yo cediera a esa tentación? ¿Me seguirías respetando como lo has hecho hasta ahora? ¿Cómo me sentiría yo cuando volviera a mi casa y mirara a los ojos a la mujer que amo? 

Supongamos que logro engañarla, que ella no se entera de que yo estoy disfrutando del sexo y la ternura prohibida de una atractiva mujer. Podríamos decir, en principio, que quien no sabe, quien no se entera, tampoco sufre. Pero, ¿cómo me sentiría yo? ¿Por cuánto tiempo resistiría una doble vida sin despreciarme a mí mismo? Y vos, querida Ivana, que sos una mujer sin dobleces, que te enamoraste de mí sin que yo haya hecho voluntariamente nada para despertarte esos sentimientos, ¿cómo te sentirás cuando pienses que has obrado mal, que estás destruyendo a una familia? ¿Crees, sinceramente, que podría­mos vivir así?

―Enrique ―dice Ivana retirando suavemente sus manos de las mías―, tenés razón. Todo lo que dijiste es cierto. Pero en lugar de aplacar mis sentimientos los has estimulado. Porque esa conducta tan íntegra me hace sentir aún más enamorada de vos, del hombre que admiro por su rectitud.

Y para mi sorpresa y la de todos, se inclina hacia mí y antes de que un Lega atento pueda reaccionar, ¡me besa en la boca!

―Bueno, suficiente ―dice Lega nervioso mientras enciende las luces―. Pueden bajar.

Volvemos a nuestros asientos. Los demás aún no han reaccionado a la escena que presenciaron y permanecen inmóviles y en silencio. Ivana, pobrecita, se ha ruborizado y permanece con la vista baja.

―Abrimos el debate ―dice Lega―, ¿qué opinan?

Martha fue la primera en opinar:

―Yo creo que la conducta de Enrique ha sido excelente y eso demuestra que un hombre si quiere puede actuar correctamente ante un caso tan tentador y, me animaría a decir, tan irresistible como el que presenciamos.
―Yo también lo apoyo a Enrique ―dijo Silvina.

Los hombres dieron la nota discordante:

―Si yo llego a estar en la situación de Enrique saben cómo le bajaba la caña a Ivana ―comentó Franco a las carcajadas―. Y yo creo que él también lo habría hecho en la vida real. Fue sólo una actuación insincera, y perdoname, Enrique, pero te conozco.
―Yo también pienso que en una situación similar, ningún hombre actúa así ―dijo Javier―. No lo acuso a Enrique de falso, no lo conozco, a lo mejor fue auténtico…

El joven Rómulo, astutamente, ensayó un tibio apoyo de mi postura, aunque dijo que eso no era lo corriente en la vida real.
Mauro que era el adúltero confeso se abstuvo de opinar, pero inocultablemente malhumorado masculló que yo era un hipócrita.
Nadie había hecho todavía la menor referencia a la conducta desconcertante de Ivana que, aún con todos aquellos argumentos éticos, me había besado improcedentemente. Lega finalmente le preguntó a Ivana que había permanecido callada, qué pensaba sobre lo que habíamos actuado.

―Me encantó la conducta de Enrique. Además su rechazo fue muy dulce, ninguna mujer podría sentirse ofendida.

―¿Podés explicarnos por qué lo besaste? ―preguntó Franco secamente.
―No sé, fue instintivo, como si… quisiera premiar una conducta tan ejemplar.
―¿Pero necesitabas besarlo en la boca?
―Pido disculpas. Fue sin intención. Me dejé llevar por la representación.
―Bueno, por hoy terminamos ―dijo Lega.

A la semana siguiente hubo un debate sobre los problemas de Javier, quien había vuelto a fracasar sexualmente y se lo veía muy deprimido. Lega improvisó una audaz representación con la actuación de aquél y de Silvina. Ambos se acostaron sobre la alfombra de la plataforma y simularon una conversación de alcoba entre dos amantes. No viene al caso que reproduzca aquí los pormenores del diálogo escénico. Simplemente diré que tuvo alto voltaje y que, como consecuencia de las frases de contenido erótico intercambiadas, Javier tuvo una erección. Debió reconocerlo ruborizado ante nuestras jocosas insinuaciones: durante la representación vimos que encogía disimuladamente una pierna. ¡Albricias! ¡Aleluya!

Un largo debate sobre las condiciones que necesita un hombre sensible o impresionable para tener un desempeño sexual normal. Las opiniones masculinas, basadas en las experiencias de cada cual, fueron esta vez coincidentes: entre la virilidad sexual, ostentada con naturalidad en un encuentro amoroso, y su extinción súbita, inesperada e irreversible, media a veces una palabra, un olor, un sutil agravio, un comentario inadecuado o una broma inocente pero inoportuna. Y ni que hablar de esos gestos demoledores, instintivos en algunas mujeres, como cuando en pleno juego amoroso le apartan a uno bruscamente la mano de donde ha intentado meterla.

El problema de Javier era su hipersensibilidad, su extrema impresionabilidad y su falta de confianza en sí mismo, y que para salir del atolladero necesitaba sin duda la ayuda de una mujer inteligente que lo estimulara y lo hiciera sentir relajado, como había logrado hacerlo Silvina en la representación.

En otra sesión se habló de la ingrata experiencia que había tenido Ivana a los dieciséis años. Se había enamorado de un tipo mucho mayor que ella con el que comenzó a salir. Un noche en la que los dos habían bailado y bebido estaba con su novio en el auto cuando éste comenzó a propasarse a pesar de que habían convenido en que no tendrían relaciones sexuales por el momento para que ella estuviera segura de que quería iniciarse con él. Se resistió pero él la golpeó y la violó.

Ivana comenzó a llorar cuando terminó el relato. Dijo que después de esa experiencia les tenía miedo a los hombres y que nunca pudo sentirse segura y confiada con ninguno. Lega propuso dejar para más adelante el tratamiento de este problema.
  

En una de las sesiones se produjo el conflicto que me decidió a dejar el grupo.

No hicimos psicodrama ese día, sólo conversamos, y fue sobre un tema que venía­mos prudentemente postergando: la política.

Habló Franco, que en esa época militaba en un partido de izquierda moderada con tendencia nacionalista, y lo hicieron otros que tenían una situación personal muy próxima a los grupos subversivos de la época.

Cuando me tocó el turno expuse mis ideas con toda naturalidad. Dije que creía en la libertad individual, en los gobiernos limitados, en la estricta división de poderes y en el respeto de la propiedad privada y la libertad económica de todos los ciudadanos, sean pobres, de clase media o ricos. Que los pobres tenían derecho a dejar de serlo, y que los ricos tenían la obligación de competir en un mercado libre y exponerse a perderlo todo si tomaban decisiones empresariales equivocadas. Razoné unos cuantos minutos sobre las bondades del capitalismo competitivo y democrático y mencioné el libro de von Mises El Socialismo, en el cual este pensador alemán demostró irrefutablemente la absoluta inviabilidad económica del socialismo marxista: “Si no existen precios formados en un mercado relativamente libre, una sociedad o un estado carecen de referencias para producir económicamente. Es científicamente imposible abastecer las más elementales necesidades de una población”, afirmé doctoralmente, disfrutando del desconcierto que mis palabras provocaban. Les recomendé la lectura de Las Bases y del Sistema rentístico de Juan Bautista Alberdi, y los informé de un hecho ignorado por los marxistas: la frustración que lo abatió a Carlos Marx cuando se publicó, en 1871, el libro Principios de economía política del economista austríaco Carl Menger, quien descubrió y desarrolló la sorprendente teo­ría subjetiva del valor. Esta teoría, ¡ya en 1871!, había aniquilado de un sablazo epistemológico la teoría del valor trabajo del pobre Marx, quien por ese motivo se negó a publicar en vida los volúmenes 2 y 3 de su obra El Capital.

Fue de mi parte un acto de herejía y de pedantería inconcebible. Yo estaba intelectualmente más preparado que ellos ―no digo que era más inteligente ni más culto,  sólo un poco menos ignorante que aquellos universitarios inmaduros―, y tuve en ese momento la impresión de que si mis compañeros de grupo hubieran descuidado un poco sus prejuiciosas defensas hasta podría haberlos convencido de su error al abrazar pasionalmente una ideología insostenible y condenada al fracaso.

Estaban todos indignados. No podían discutir mis argumentos. Los agarré flojos de papeles en sus habilidades para la polémica seria, sa­bían que no podrían ganarme nunca una discusión académica sobre la ciencia económica. Y eso los exasperó más que si hubieran podido revolcarme con los lugares comunes del marxismo.

Se hizo un silencio cargado de exasperación. Lega pidió que dijeran lo que pensaban sobre mis ideas. (Me pareció que él también estaba un poco molesto conmigo, y que tal vez le hubiera gustado que alguien del grupo me replicara con argumentos sólidos, pero ante mi exposición cargada de silogismos y citas bibliográficas, nadie se sintió preparado para refutarme).
Franco, que, como dije antes, militaba en un partido de izquierda moderada, dijo que no compartía mis convicciones pero que siempre las había respetado.

Javier utilizó la chicana de afirmar que yo estaba adoctrinado por la sinarquía internacional y que repetía conceptos hábilmente elaborados para sostener la “superestructura” de explotación del hombre por el hombre. Dijo que le daba lástima que yo no advirtiera que estaba siendo utilizado por los poderosos.

Martha dijo que no se interesaba mucho por la política pero que le costaba entender que alguien defendiera el capitalismo.

Mauro, como era apolítico, se limitó a encogerse de hombros. Comentó con un cinismo que quiso ser gracioso pero que resultó patético, que a él sólo le interesaba ganar dinero, y que ese objetivo se po­día alcanzar bajo cualquier régimen o sistema político, de izquierda o de derecha, totalitario o democrático.
Ivana tampoco habló, pero era evidente que no le gustaba lo que había escuchado de mis labios.

Finalmente habló Silvina. Me miró con una dulce sonrisa y unos ojos verdes que de ninguna manera traslucían la menor intolerancia y dijo con toda calma:

―Enrique, que haya en la Argentina personas que piensen como voz es para que todos estemos muy preocupados.
―¿Por qué? ―me defendí yo―. Podemos tener distintas ideas y convivir democráticamente…
―Es que… ¿sabés qué pasa, Enriquito?,  eso que vos llamás “ideas” hacen mucho daño. El hambre y las desigualdades sociales son causadas por tipos que piensan y actúan como vos.
―Creo que estás equivocada ―le contesté―, en un orden social abierto donde se produce mucha riqueza la pobreza tiende a desaparecer.  Creo que la miseria es causada por las ideas izquierdistas que, al fin y al cabo, vienen dominando la cultura mundial desde hace ya un siglo.
―Mirá Enrique ―continuó Silvina que no había cambiado su tono de voz suave y melindroso―, a las personas como vos habría que matarlas.

Profundo silencio. Esas palabras dichas con ojos tiernos me golpearon; quedé descolocado. Han pasado décadas, y yo todavía no he superado la impresión que me produjo esa feroz embestida. ¡Era una estudiante de psicología a punto de recibirse! El silencio se prolongó desgarradoramente para mí, porque nadie, ni siquiera el doctor Lega, llamó a esa joven a la cordura y a la tolerancia.
Viendo que nadie reaccionaba, fingí que no había tomado en serio el exabrupto de Silvina y le pregunté, parafraseando a Voltaire:

―Decime, Silvina, si vos estuvieras en el poder, ¿no estarías dispuesta a dar tu vida por defender mi derecho a pensar como pienso?

Su respuesta fue inmediata, sin la menor vacilación, pronunciada con la misma sonrisa e idéntica dulzura, sólo que esta vez vi en sus ojos una determinación escalofriante:

―Si yo estuviera en el poder… te haría fusilar.

No supe que contestar a este contundente “argumento”. Los demás se rieron. No parecieron advertir la monstruosidad que acababa de pronunciar una joven culta y de buena familia en momentos políticos tan preocupantes, cuando los Montoneros estaban secuestrando y matando gente y el gobierno de Cámpora se preparaba para asumir con la promesa de instaurar una patria socialista.

Nadie dijo una palabra para desaprobar la violencia dialéctica de Silvina, nadie habló del pluralismo ni de la libertad de conciencia. Era evidente que para todos aquellos neuróticos mis ideas representaban una amenaza pública temible. Sin saberlo, yo estaba viendo el huevo de la serpiente, porque al año siguiente de aquella sesión los Montoneros mataron a tres civiles por el sólo hecho de pensar diferente de ellos: Arturo Mor Roig, José Ignacio Rucci y David Kraiselburd.

Decidí inteligentemente que no podía continuar en ese grupo.
Fui a una sesión más. En ella se habló de los problemas de dos de los pacientes. Llamativamente ese día Silvina intercambió conmigo amigables palabras, como si no hubiera pasado nada. Cuando la sesión estaba llegando al final pedí la palabra y les comuniqué provocativamente que “me había dado de alta a mí mismo” y por lo tanto esa había sido mi última sesión.

Vi contrariedad en todos los rostros. Los pacientes psicológicos suelen desarrollar una dependencia de la terapia, a veces durante años, sin la cual les resulta muy difícil afrontar la vida de todos los días. Si alguien declara no necesitar más ese andador, genera en los otros pacientes una suerte de envidia rencorosa, y eso yo lo sabía. Fue mi pequeña venganza.

Cuando se hizo la hora, les di la mano fríamente a todos a medida que se fueron retirando. Mientras los imaginaba colocándose sus carapachos en la sala de esperas para volver a sumergirse en su húmeda y nocturna realidad, yo me quedé un poco más para pagarle a un Lega algo compungido las sesiones que le debía. Yo presumía con mucho desencanto  (aunque posiblemente me equivoque en mi percepción) que él también creía, en ese especial momento histórico de la Argentina, que personas como yo éramos peligrosas, una piedra en el zapato para los sueños revolucionarias de aquellos tiempos.

Cuando el ascensor llegó a la planta baja me llevé la última sorpresa de aquel ciclo cargado de imprevistos y desencuentros.

Ella no se había ido, me estaba esperando en el palier. 


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domingo, 18 de mayo de 2014

El 1er. Capítulo de mi novela MARPLATEROS

EL SECRETO DEL TURCO ANÍS


En una esquina de la avenida Colón, en el tramo sin pavimentar que iba de Chaco para el fondo, estaba el almacén del turco Anis Beherija. En ese arrabal polvoriento y aburrido, lleno de zanjones y yuyales, la gente bombeaba el agua a mano, y no pocas casas tenían por único sanitario una letrina en el patio.

Estamos en1951; yo aún no cumplo los nueve años.

En los atardeceres de verano, a la hora en que corría un poco de aire, el turco sacaba a la vereda un banquito y se sentaba apoyando el esqueleto en la ochava sin revocar. Así, expuesto a la luz, mostraba cataduras que se atenuaban en la semioscuridad del inte­rior del almacén: la piel cetrina, la cara huesuda siempre sombreada por una cerrada barba de dos o tres días, sus greñudas cejas y sus ojos llamativamente claros pero fríos e inexpresivos como los de un molusco.

En esos largos ocios el turco tomaba mate y liaba sus propios cigarrillos, y cuando no hacía ninguna de las dos cosas se quitaba las alpargatas y se rascaba concienzudamente los talones. Mirada laxa, perdida vaya uno a saber en qué inescrutables pensamientos.

El almacén se comunicaba internamente con un bar anexo que daba a Colón, en donde al anochecer se juntaban unos sujetos extraños que jugaban al truco o al mus por el vaso de vino. A los chicos nos encantaba espiar desde la calle a esos personajes estrafalarios cuyas siluetas apenas distinguíamos bajo el halo miserable de una lamparita de 25 vatios.

El mostrador del almacén era de madera y tenía forma de ele. En ese mostrador había una repulsiva campana cazamoscas. Era de vidrio, con un terrón de azúcar den­tro. Las moscas entraban  por una abertura, se apiñaban sobre el dulce cebo y cuando, piponas, volaban para salir, chocaban contra el vidrio y caían en el agua que contenía la base de la campana. Y ahí se iban amontonando, porque el turco jamás limpiaba el artefacto. A los chicos nos divertía ver el mosquerío atrapado, pero los mayores trataban de evitar esa nauseabunda visión.

El turco y sus hábitos eran blanco fácil de chismes y habladurías. Por ejemplo, se decía que por las noches, cuando el almacén y el bar se hallaban cerrados y el silencio caía sobre la solitaria y oscura calle, se podía oír al pasar por la vereda del local el ruido característico del descorche de las botellas de vino. Un taponazo detrás de otro. Plop… plop… plop. Un mito jamás probado sostenía que el turco descorchaba las botellas de vino, les sacaba un poco y luego completaba el contenido con agua. Ese vino hurtado era el que al día siguiente aplacaba la sed de las esponjas humanas que jugaban a las cartas en el bar.

El turco también vendía vino suelto, muy económico y seguramente muy berreta, depositado en dos oscuros toneles de madera que se codeaban con grandes tambores de aceite comestible, de vinagre, de lavandina y hasta de querosén, amontonados sin orden ni separación en el centro del local.

A los chicos que hacíamos los mandados el turco nos regalaba a modo de incentivo unas pocas pasas de uva. Dos pasas, a lo sumo tres, esa era toda la dádiva. Menesterosos de golosinas, nos devorábamos las pasas sin ponernos a pensar que eran tomadas con los mismos dedos y las mismas uñas que habían trabajado de piedra pómez minutos antes.

¿Por qué compraba la gente en ese antro? Por una razón de peso (o de “pesos”): Anis Beherija vendía barato y fiaba a pagar cuando se pudiera, en tiempos en que esa costumbre ya había sido abolida. Los clientes dejaban sus escrúpulos en la puerta, se surtían a buen precio, y luego se desquitaban hablando mal del almacenero.

Lo más comentado en el barrio eran sus peleas con Selma, su robusta concubina. Los hombres del vecindario la apodaban con doble sentido “la teutona”, porque era alemana, pero también por sus grandes pechos que ella resaltaba con escotes generosos y pulóveres ajustados, alardes que encolerizaban a sus mujeres, por lo común desarregladas y chancletudas.

Selma, abandonada por su primer marido, era una mujerona de fuerte carácter y mirada fiera que lo doblaba en volumen corporal al turco. Era muy echada para atrás, no se trataba con los vecinos ni saludaba a nadie. Permanecía siempre en la vivienda ubicada detrás del negocio, y cuando tenía que salir se daba el insólito lujo de llamar un taxi.  

Se comentaba que las grescas eran por el dinero, y algo de cierto habría en ese chisme porque no era ningún secreto que el turco escon­día la plata. Cualquier cliente podía observar que cuando se quedaba sin cambio sacaba dinero de distintos lugares: detrás de las botellas de aceite, debajo del frasco de las aceitunas, o en recovecos de los estantes más altos. Y no lo hacía por los ladrones, en esa época no se robaba como ahora. Era, se decía, para que la derrochadora de Selma no lo encontrara.

Y como parece que el turco le retaceaba hasta lo indispensable para la casa, la teutona explotaba en recurrentes ataques de furia.

Como yo vivía a pocos metros del almacén, era el primero en oír los  golpes de sillas y mesas que volaban, vasos y botellas que estallaban contra las paredes y, sobre todo, los gritos descomunales de la mujer. Yo iba corriendo a sentarme en el escalón de la ochava. A veces nos juntábamos varios chicos. Pegábamos una oreja en la parte baja de la puerta para no dejarnos ver a través de los vidrios. ¡Cómo lo insultaba la teutona a Beherija! Entre otras lindezas le decía, con un duro acento alemán que subía el termómetro de los escarnios: “vicioso, detgejnerado, gusano puqtrekfactuo”. Y mil palabras en furibundo alemán, sonoras y llenas de consonantes que silbaban como latigazos. Y no eran peleas de dar y recibir, porque el único que cobraba era el turco. Y sin embargo nunca le oímos una palabra, una réplica, una simple exclamación. Los gritos eran sólo de la mujer, y los destrozos los provocaba ella.

¡Y que nadie osara pisar el almacén durante esos encontronazos!

Una vez una nenita entró por un mandado. Los chicos que estábamos escuchando la trifulca pudimos haberle advertido que no lo hiciera. ¿Pero nos íbamos a perder la diversión extra? No, nos hicimos un guiño y nos apartamos para que niña pudiera pasar. Cuando la puerta se cerró detrás de ella cesó por un segundo el batifondo, pero enseguida se derramó el vozarrón de la Selma como una montaña de latas va­cías: “¡Y vos que mierda querés, pendetja hija de pujta y la pujta madre que te parió! ¡Andagte de acá, andaaaaaagte que te voy machtar!”

La nena, pobrecita, aterrorizada y llorando, salió que no se le veían las piernitas.

Estas reyertas siempre terminaban en un repentino silencio. Al día siguiente el almacén permanecía cerrado.

A la vuelta, por Bolívar, vivía Doña Felisa, una mujer flaca, desdentada, de pelo siempre desordenado, que en los cotilleos de comadres defendía a la teutona: “Si yo tuviera el físico de doña Selma iban a ver si el Coco me ponía las manos encima ―le oí decir con una sonrisa cavernosa ―. En cambio a mí el Coco me faja de lo lindo”. Y se cubrió la caverna para soltar una carcajada. No sé de qué se reiría, tal vez por el orgullo de hacerle ver a las otras mujeres que el Coco no era un marido estúpido y debilucho como el turco Anis.

En esos tiempos no estaba demasiado mal visto pegarle a una mujer. No se hablaba de violencia doméstica ni de hombres golpeadores. Se escuchaba mucho, eso sí, ―y a mí me lo enseñaron en casa― que el hombre que le levantaba la mano a una mujer demostraba ser un cobarde que seguramente no se animaba a enfrentar a otro hombre. Pero nada más que ese tibio reproche.

En el barrio había un solterón que le pegaba a su propia madre, y eso sí indignaba a todo el vecindario, aunque nadie se molestó nunca en denunciarlo. Era una viejita encorvada que andaba de acá para allá tratando de complacerlo, llevándole el vino y la carne que el patán le exigía sin darle el dinero suficiente. Temerosa de los castigos de su hijo, la pobre mujer le suplicarle al carnicero (y esto lo vi yo) que le diera un poco más de carne por las mismas monedas.




En el almacén solía aparecer un joven rubio de unos diecisiete o dieciocho años, de bigotito, bien vestido, con aire sobrador, que permanecía siempre apoyado en el tramo lateral del mostrador, a veces fumando. No era del barrio ni iba al almacén a comprar, sólo esperaba que el turco se desocupara. Aparecía por el negocio cada tanto, y siempre cerca de la hora de cerrar. Yo, que miraba y escuchaba ávidamente todo, no le perdía movimiento.

Una tarde que voy al almacén veo al muchachito en su habitual desfachatez. Hay muchos clientes. Mientras espero mi turno observo todo con atención, y en eso sorprendo en los ojos del turco una fugaz mirada, diría que entre risueña y amistosa, dirigida al rubiecito. Me sorprendo porque el turco era un sujeto incapaz de sintonizar con alguien. Giro la cabeza instintivamente para ver la reacción del muchacho y me parece descubrir en sus labios los resabios de una sonrisa cómplice, aunque ahora mira el techo.

No fue más que eso, pero me intrigó. Pregunté en casa quién era ese presumido que visitaba tan asiduamente al turco, pero nadie se había fijado en él.

Hasta que una tarde, cuando me lo vuelvo a encontrar, la curiosidad me domina tan fuertemente que decido merodear por la vereda para ver si puedo descubrir algo. Está oscureciendo. Sale la última clienta, el turco echa llave a la puerta, baja la persiana metálica hasta un poco más de la mitad y apaga las luces.

Apoyo la oreja sobre la parte inferior de la puerta, como cuando escuchaba las peleas. Por varios minutos sólo oigo algunas risas y palabras aisladas, casi como susurros, seguidos de largos silencios. En eso escucho un resoplido extraño que poco a poco se transforma en una suerte de jadeo que se acelera, hasta que la voz del turco, casi irreconocible, comienza a rogar, quejumbrosa: “¡Así, así, seguí así, no bares, no bares, seguí, seguí…! ¡Ah, aaaah…! Acompañado de unos sacudones crujientes que supongo eran del mostrador.

Silencio total. Al rato oigo el ruido de la cerradura. Me alejo prudentemente y veo salir al rubio agachado, por debajo de la persiana, mirando a los costados y acomodándose la ropa.

Yo era muy chico y no pude descifrar el significado de esos extraños clamores. Menos entendí cuando días después el turco apareció apuñalado y a la teutona se la llevaron detenida.

En casa no me explicaron nada. Sólo escuché detrás de las puertas que doña Selma, en uno de sus habituales arrebatos, lo había malherido al turco, por la plata, repe­tían, todo por la plata. No faltaron testigos, buenos ciudadanos, que se ofrecieron para acusarla de maltratadora del pobre señor Beherija. ¡Y todo por la plata!

Por la plata, sí, pero la plata se la llevaba el muchachito rubio en cada encuentro con el turco, y el muchachito rubio resultó ser el hijo de doña Selma.


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La novela Marplateros fue editada en 2009 y está agotada. Puede bajarse gratuitamente de la página web del autor haciendo clic en el ícono PDF en la siguiente dirección: http://www.enriquearenz.com.ar/libro_marplateros.html#.U2F0aFc_Q4M